Acaso una terapia contra el cinismo

Foto: Celeste Darkstar


A las 5 p.m. de un sábado, Paola Almada llamó a Jazmín Delpiano y le preguntó por sus planes. Jazmín habló de abismos, de rocas y aves de rapiña, pero lo más importante que dijo se los transcribo a continuación:

En dos horas cocinaré para la sonrisa del decapitado en la terraza, prepararé la cena más luciérnaga para la fenestración de madrugada, canutaré la orgáscula y la sempiterna melodía arqueará sus giodalos mientras lo lento prolonga los lituados, transita el armitusgo de lado a lado y devuelve el cirnáculo justo hasta el principio del plasigalo espejo, del tugrante, del sínfulo profundo, del grito de arabárgula y el llanto fistoceno. Entonces acoplamos inertes circanterios, invocamos consurtos sarracenos, pliégalas amazonas, barrancos tamiceros del rito, el cuerso interno tronca, respitenguea, laberinta; asciende en mirto azul y clarapinta… y solo entonces, emergerá la llama más cortante de tus ojos. Quiero habitar por siempre allí, donde naufragan mis veleros alados y puedo despertar de caracola.

La primera recomendación médica contra el cinismo es la poesía, particularmente aquella palabra que espanta la ciénaga más negra y la más simple cursilería lírica.

Por eso recurro al Gíglico de entrada, a ese lenguaje en el cual está escrito un poema que incluyó Lewis Carroll en Alicia a través del espejo, en 1871, y que en alguna traducción fue llamado “Fablistanón. Ese lenguaje que luego fue rescatado por Vicente Huidobro, en el Canto VII de Altazor y, varias décadas después, elaborado magistralmente por Julio Cortázar en el capítulo 68 de Rayuela.

Traigo esto a colación, porque estaba leyendo una novela, Besar al detective, de Élmer Mendoza, justo cuando Donald Trump era entrevistado por Bill O'Reilly, y éste último le preguntaba que por qué respetaba a Putin, si éste era un asesino, a lo que Trump respondió: “Hay muchos asesinos, muchos asesinos…¿te crees que nuestro país es tan inocente?”.

Es tiempo de cinismo. Y se me antoja creer que el cinismo es hijo de la falta de imaginación, de la sordera visceral que no permite oir la música poética que ilumina al mundo… y el gíglico es alimento de la imaginación; y Élmer Mendoza rescata al gíglico en una escena de acercamiento hermosamente escrita, como homenaje tácito a Cortázar. Porque el gíglico es alimento de la imaginación, entonces pienso que esta es una buena vacuna contra todo el cinismo que está nublando al mundo en estos días.

Siguiendo el vademécum literario, el segundo remedio que invoco en estas voces es acercarse a la postura ética de los detectives de cierta novela negra. Unos tipos que conocen las miserias del prójimo, que han atestiguado traiciones y placer criminal, celos sanguinarios y codicias atroces, y sin embargo, pueden ser rudamente tiernos, nobles hasta atentar contra sí mismos, capaces de arriesgar su vida por salvar el compromiso sagrado del amor de una enemiga, por perdonar a un criminal con base en la liberación soñada de las vidas condenadas por la injusticia o la desigualdad.

Mi más reciente ejemplo de estos vestigios de ternura en la sordidez viscosa de la vida, es el de un espía al que le faltaban todos los escrúpulos, menos uno, cuyo nombre es Falcó, como se titula la más reciente novela de Arturo Pérez-Reverte. Lea la novela, observe el gesto de la irredenta condena amatoria de Falcó y encontrará el mismo rasgo desafiante de Sam Spade, el rudo detective de Dashiell Hammett, o los gestos del comisario Salvo Montalbano, el protagonista de las novelas de Andrea Camilleri: la esperanza que habita en el corazón remendado o en el alma que ha sido templada a martillazos de dolores.

“En todo el universo de hachazos y de lunas, de sueños y de asfixias, lo más importante es el énfasis”, señalaba Jazmín al fin de su delirio. “Es tu decisión enfatizar lo trágico o realzar lo risueño, lo que promete algo pese a velos de sombras o miopías. Aquello que resaltas y fija tu atención puede ser tu rescate o tu fosa. Siempre habrá ventanas para la salvación de tus días y tú decidirás dónde quieres concentrar tu atención.”

Seguro hay otras, pero estas son algunas posibles medicinas contra este cinismo universal, contra esta visión lúgubre y apocalíptica que se asoma en esta era que nos toca sobrevivir, y que nos exige reinventar la esperanza desde lo más profundo de la imaginación.


 

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