Al fin una buena noticia

Foto: Andreshuco


Anoche, antes de acostarme, ya sabía lo que era morir. Desde siempre he sabido, como quizá le ocurre a muchos de ustedes, lo que es la muerte. Es la ceguera que se ignora a sí misma, que no trata de ver ni de tantear, ni de oler ni de escuchar, ni de sentir, ni de preguntarse si la oscuridad es externa o interior. Siempre he vivido con la muerte al lado, muy cerca, pero esto no me atormenta porque la ignoro, le temo de cerca pero la siento lejos. Es la vida, lo que se mueve, lo que respira, ríe, llora, grita, disimula, se escapa, lo que se queda, lo que intenta hacerse notar o se esmera en pasar desapercibido; es todo esto lo que me distrae de la presencia de la muerte. Pero lo de anoche fue otra cosa.

Sé que morí, y como les digo, esto es lo de menos. Si hubiese perdurado, no lo sabría, total uno es quien menos sufre cuando muere. Sí, sufren los otros, los que nos quieren, los que nos necesitan, los que creían que no nos necesitaban, los que sabían que les molestábamos o estorbábamos, pero que luego de nuestra desaparición sienten que algo les falta, que les falta una molestia, algo que definitivamente jamás hubieran pensado que sería así. Pero nada de esto lo sabremos. Es mentira que después de muertos podemos observar a la vida que continúa como desde un elevado rincón, o una mirilla de puerta eterna, o una película que transcurre a destiempo. Ya sabemos que todo esto es una mentira, un consuelo, o acaso una esperanza pesimista disfrazada de curiosidad impúdica. Pero lo de anoche fue otra cosa.

Haber muerto es lo de menos, lo menos interesante, el lugar común más común de todos los lugares. La muerte siempre ha sido la muerte. La hemos tentado, la hemos embarcado, la hemos evadido o le hemos cerrado la puerta en las narices, como la vez que casi me ahogo bajo una cascada que de pronto me atrapó entre las rocas del río más familiar que he tenido. Allí la sentí cerca, durante unos segundos dudé que regresara. Pero aun así, con todo y lo pavorosa que resulta y lo recurrente y lo espeluznante y lo atractiva para algunos que la invocan y quizá se arrepienten cuando no hay vuelta atrás, con todo y lo martirizante que puede ser vivir todos los días amenazado por el tic tac de la muerte, tanto así que no puedas disfrutar ni entristecerte sin pensarla, aun así, la muerte es lo de menos, aunque esto último suene falso, hipócrita hasta más no poder. Hoy, de manera definitiva, de manera categórica, con todos los pelos en la mano puedo decir que el burro es burro y que la muerte es lo menos interesante de esta historia. Porque lo de anoche fue otra cosa.

Anoche morí. Y como es de esperarse no puedo contarles nada de esas horas o minutos o segundos durante los cuales me ausenté. Es mentira que hay un túnel y una luz al final, tan falso como que uno se eleva y observa al cuerpo postrado, inerte, y uno se hace traslúcido o efímero, o que oye a los cercanos llorar o gritar o maldecir o quizá también reír a otros. Nada de eso es cierto. Lo puedo atestiguar. La muerte es un abismo de nada, que no percibimos, que no saboreamos, que no olemos, que no pensamos, que no sentimos. Por ello, decir abismo de nada es una inmensa tontería. Qué abismo ni qué nada si es la muerte. Pero lo de anoche fue otra cosa.

Anoche resucité. Esto sí que es una noticia, algo interesante de qué hablarles, algo inédito, tan fuera de lo común que no es común, ni raro, ni escaso, ni singular. Por ello, precisamente, es que resulta interesante. Anoche resucité. Supe lo que es el regreso de ninguna parte. Supe lo que es nacer, venir al mundo, soñar de nuevo, sentir que me pica la espalda mientras duermo y duermen todos los que me la pudieran rascar, oler el mundo, sentir alegría con los ronquidos de otro, dar media vuelta en la cama y disfrutar el olor de la almohada, y saber que ese es mi olor, y saber que supe que ese es mi olor porque morí y lo olvidé, porque ustedes saben que cuando no es así, no podemos sentir muchos olores porque nuestro olfato se acostumbra y los desaparece. Si no, imagínense cómo podríamos vivir con tantos malos olores, o con tantos buenos olores. Seríamos obesos o enfermos sexuales o perseguidores de panes recién horneados. Anoche regresé y estoy feliz, tan feliz como primera vez en mucho tiempo; feliz de mis dolores de espalda, feliz de esta gripe que no se me quita, feliz del desayuno de siempre que me espera con yogur y duraznos y granola, y el jugo de naranjas recién cortadas y las obligaciones y las necesidades y las elecciones y lo que me gusta y lo que no me gusta, y saber la diferencia, y estar feliz con ello.

Esto sí que es una noticia: anoche resucité.


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