Borrosa madrugada

Foto: valentin.d

Cuando me levanté, pensé que todavía era de noche. Desgajé un pantalón de lo alto del clóset y cerré una camisa sobre el pecho, tratando de alisarla al tomarla desde el borde inferior, estirándola con una mano y pasando la otra como una plancha imaginaria que generase un fortuito calor con la fricción. Siempre he sabido que esto es inútil, pero en aquel momento creí que funcionó. Salí al pasillo y vi un sol diminuto que me encandilaba desde un techo arenoso que se perdía en el horizonte indescifrable. Abrí otra puerta, transité los peldaños, conté uno, dos, tres y desapareció la escalera. Al voltear vi la calle solitaria que respiraba una efímera bruma en su contorno. Recuerdo haber saludado a Benjamín, cuya cara me pareció lavada, como una pantalla limpia y homogénea, solo delineada por un cepillo gris canoso.

Con unos pasos, como de quince metros cada uno, recorrí las dos cuadras que separan mi casa de la parada del bus. De pronto me supe sentado en un pequeño quicio diagonal a la esquina de la ancha avenida. Contaba las hormigas que avanzaban por su fila milenaria e intentaba arroparme de un viento que cortaba con diminutas hojillas, que se estrellaban contra mi cara y de inmediato se convertían en gotas cálidas que entonces bajaban por surcos hacia los lados del cuello. De improviso oí una voz, y al voltear vi a la señora que recorre las calles aledañas con su carro de supermercado, en el cual saltaban dos niños, un gato y una lagartija con la cola partida. Parpadeé y al instante veía todo borroso, intentaba hablarle a la señora y la voz no me salía. Yo modulaba y arrojaba el aire de mis pulmones a través de las cuerdas vocales, pero no lograba emitir ningún sonido. Debo haber tenido cara de suprema angustia, porque la señora se me acercó con mirada piadosa y puso una mano en mi hombro; entonces introdujo su otra mano en el bolsillo de su saco, extrajo un pequeño pájaro y lo arrojó hacia la esquina y el pájaro se transformó en un semáforo con luz verde encendida.

Al instante me encontré regresando a mi casa. Por alguna razón, que desconozco, decidí entrar por un costado, subí al árbol frondoso que acaricia mi ventana y desde allí salté. Confirmé que era de noche porque el árbol tenía las hojas tristes, apuntando en dirección al suelo y en lugar de verde, eran del color de una baba desteñida, como despechadas de clorofila. Segundos después sentí una mano sobre mi hombro y una voz cálida que me tranquilizaba. Era ella, que con dulzura me decía que había sido otra pesadilla. Al voltearme, vi una pequeña pluma verde sobre mi almohada, unos pelos de gato, unas manchas de barro en la alfombra. Sonreí, en silencio, y fui a cepillarme los dientes.


 

Facebook Comments
Comparte y/o like esta entrada:

Be the first to comment on "Borrosa madrugada"

Leave a comment

Your email address will not be published.


*


A %d blogueros les gusta esto: