Chile, el aborto y la perspectiva femenina

Foto: Felipe Neves

Juliana tiene 34 años, es arquitecta y realiza con pasión un oficio que le ha retribuido satisfacción, conexiones con gente interesante y solvencia financiera. Juliana también es madre soltera de una chica encantadora llamada Alma. A los veinticinco años, la ruleta anticonceptiva la engañó y decidió continuar su embarazo pese a que el chico con el cual salía no quería saber nada de la paternidad. Juliana ya trabajaba y encontró la manera de que Alma no fuese un obstáculo en el desarrollo de su carrera. No sin sacrificios, hizo un posgrado en visión urbana y diseño arquitectónico y logró que el arte superara a la destreza.

El año 2014, Juliana regresó a Chile y debía encontrar un colegio para Alma. Su madre y su hermana le insistieron en que inscribiera a Alma en “un colegio de valores cristianos” y le recomendaron una renombrada institución regentada por misioneros del Opus Dei. A las 9 y 15 de la mañana de un martes de enero, Juliana esperaba su turno para la entrevista de admisión. A las 9 y 32 entró a la oficina del director de admisiones. Allí se encontraban un cura de mirada adusta, que se identificó como el director de admisiones, una señora con gesto maternal, que dijo ser numeraria de la congregación y la sicóloga del área de educación básica. Esta última le hizo un leve guiño a Juliana al recibirla, ya que su madre había logrado contactarla a través de una amiga común. La entrevista duró 35 minutos. Lo primero que le preguntaron era por qué elegiría ese colegio para su hija y luego entraron a hablar de su entorno familiar. Cuando preguntaron por el padre de Alma, y Juliana contó su historia con desinhibida sinceridad, notó un gesto incómodo del director de admisiones. Unos minutos después, cerraron la entrevista y le dijeron a Juliana que llamara al final de la semana para comunicarles la decisión.

Como se imaginarán, la madre de Juliana no estaba dispuesta a esperar demasiado y llamó por teléfono a la sicóloga la noche de aquel mismo martes. Ésta última le recomendó a la madre de Juliana que buscaran otro colegio. Que, aunque había algunas excepciones con casos de familias poderosas, la política del Opus Dei era no aceptar a hijos de madres solteras, debido a que esto era considerado como “un mal ejemplo para los niños y las familias del colegio”.

Una mañana de marzo del 2016, Juliana se tropezó con la sicóloga de la historia en un café Starbucks del oriente de Santiago. Hablaron unos minutos, tras lo cual la sicóloga le dijo que tenía irse pronto ya que debía acompañar a los alumnos del colegio del Opus Dei a una manifestación contra el aborto, frente al edificio del gobierno conocido como la Moneda. Juliana no pudo evitar confrontarla con su propia experiencia:

-¿No te parece contradictorio que esta solemne congregación asigne tantos recursos a la lucha contra el aborto y, al mismo tiempo, le niegue la inscripción a los hijos de madres solteras como yo? ¿Si la vida de un feto producto de una violación es tan sagrada y valiosa como ustedes señalan, por qué entonces los niños sin padres en santo matrimonio son discriminados? –la increpó Juliana.

-Discúlpame, Juliana, pero ahora debo irme. – Respondió la sicóloga.- Y créeme que a menudo yo también me hago esas preguntas – añadió, y caminó rápido hacia la entrada del metro cercana al café.

Durante los últimos meses, el debate alrededor del aborto ha sido bastante intenso en Chile. En marzo de 2016, los diputados chilenos aprobaron un proyecto de Ley que despenaliza el aborto en los casos de tres causales: riesgo de vida de la madre, inviabilidad fetal y violación. Como es de esperarse, hay dos posiciones radicales. De un lado, están los que en términos globales se denominan “pro-elección”, y del otro lado se ubican los “pro-vida”.

Una de las discusiones más vernáculas ha sido aquella alrededor del aborto en embarazos producto de una violación. Desde quienes argumentan que esto sería “difícil de probar”, hasta quienes dicen que todo el amor que trae una nueva vida más que compensa el trauma de cómo esta fue engendrada.

El 27 de abril de 2016, la escritora Isabel Allende publicó una columna de prensa en la que decía lo siguiente: “He seguido con una mezcla de estupor y alarma los debates sobre la legalización del aborto en caso de violación. Estupor, porque quienes defienden los derechos del feto no contemplan para nada los derechos de la mujer o la niña que ha sido violada. Alarma, porque esta causal será aprobada o rechazada por hombres en el Senado. (…) Nadie es proaborto. El aborto es una medida extrema, a la que no se recurre a la ligera, es una experiencia traumática e inolvidable. (…) Quienes tienen reparos religiosos o de otro tipo pueden ignorar esa opción, pero no pueden imponer sus creencias al resto de las chilenas. Hay separación del Estado y la Iglesia. La moral no es monopolio de los católicos. Esta es una decisión fundamental, que cada mujer o niña debe hacer con la propia conciencia.”

Unos días antes, Ignacio Sánchez, rector de la Pontificia Universidad Católica de Chile señalaba que: “En la eventualidad de que se apruebe esta ley, vamos a tener que ser mucho más específicos. A los médicos que están trabajando acá”, (en la clínica de la Universidad Católica) “vamos a tener que pedirles que ratifiquen ese compromiso a través de la objeción de conciencia y a los médicos que se contraten, vamos a tener que pedírselo también”. En otra ocasión agregó: “Vamos a hacer todo lo posible para que ese niño en gestación pueda nacer y si ella” (la madre) “voluntariamente decide otra opción, la vamos a trasladar de forma segura a otro centro de atención”.

Estos son los clásicos temas en los cuales nunca habrá acuerdo entre posiciones encontradas, y por lo tanto las decisiones suelen ser políticas. Los cambios legales suelen reflejar cómo van cambiando las preferencias de los votantes. Para mi personal satisfacción, los estudios de opinión realizados en Chile (y en esto se sigue una tendencia más o menos global) indican que cada vez es mayor el porcentaje de personas que se inclinan por la defensa de los valores liberales y la libertad de elección.

En una encuesta realizada por la empresa de opinión pública Cadem, en septiembre de 2015, se encontró que 76% de los chilenos estaban de acuerdo con que la mujer debería tener derecho a hacerse un aborto en algunas circunstancias.

Para terminar quiero señalar dos cosas que me parecen clave, y en las que de alguna manera coincido con Isabel Allende. Lo primero es que es importante separar la esfera de las decisiones políticas del ámbito de las creencias religiosas. La política debe ser laica. Sólo así podemos protegernos de los peligros políticos de los dogmas, las inquisiciones y el terrorismo fundamentalista.

Lo segundo es que, en decisiones como estas, es importante que la sociedad confíe en la perspectiva femenina, lo cual las leyes hechas principalmente por hombres parecen ignorar. La mujer está condicionada evolutivamente para proteger a la cría. Y sobre esto no hace falta argumentar mucho. Por ello, cuando una mujer decide abortar, deberíamos respetarle una decisión en la cual su convicción supera a los impulsos más potentes de su propia naturaleza. Allí, la confianza de la sociedad debería estar del lado de la perspectiva femenina.


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