Contra los Zoológicos

Foto: Lud Márquez

Los zoológicos son, para mi, de los lugares más tristes del mundo. Ya sé que hay zoológicos paupérrimos, víctimas de la la indolencia y la falta de presupuesto, y zoológicos más “cinco estrellas”, con mejor acondicionamiento. Pero todos me resultan tristes, depresivos, lúgubres.

Hace unos días, una noticia reanimó mis sentimientos contra los zoológicos: murió el oso polar que estaba recluido en el zoológico de Mendoza, la ciudad argentina. Tenía 31 años y había sido bautizado como “el animal más triste del mundo”, tras el fallecimiento de su compañera, la osa Pelusa.

Cada día aumenta mi resistencia a visitar zoológicos. Si mi familia insiste, entonces me desprendo de la caravana familiar y me refugio en un bar o en una librería a esperar su retorno. Pero siempre levanto mi prédica contra este tipo de establecimientos, en los que se vende la cara más triste de la naturaleza, las celdas y el agua estancada, la abulia y el sueño en que se escapan los animales para olvidar su ruina, para soñar con el hábitat perdido, para simular que no oyen la chillería infantil y las siempre inexactas descripciones de los adultos.

En días recientes, mi hijo más chico comenzó a revelar que mi prédica no se ha perdido y ha elaborado un discurso propio contra los zoológicos. No ha sido vana mi campaña. Ahora somos más los que pensamos que los zoológicos deben desaparecer, que la reclusión que representan es una forma de extinción, que la tristeza de los animales provocada por el deseo de una vitrina es más irritante que la tristeza de los hombres que desconocen sus posibilidades de elegir.


 

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