De cómo el desastre venezolano hizo triunfar al neoliberalismo

Foto: Per Mork

Este breve ensayo navega a través de tres ideas centrales, las cuales son conectadas para dibujar una metáfora de suicidio político e intelectual. En primer lugar, se argumenta que entre las décadas de 1980 y 1990 se instaló, en la discusión pública latinoamericana, un discurso basado en el uso despectivo y reduccionista del término “neoliberalismo”, en cuya instalación fue clave el rol de un conjunto de intelectuales que producían ideas para apoyar un objetivo de destrucción o superación del capitalismo.

En segundo lugar, se argumenta que estos intelectuales, y los políticos que se subieron a su tren de ideas, actuaron de manera irresponsable en tanto se propusieron caricaturizar a los conceptos y relaciones propuestos por la economía neoclásica, deformando con fines político-ideológicos a muchos de estos conceptos y relaciones y desconociendo u ocultando, deliberadamente, aportes fundamentales que corregían o mejoraban algunas visiones primitivas de la microeconomía de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Al hacer esto, estos intelectuales contribuyeron a extraer toda sustancia de la discusión económica y a colocarla en los maniqueos términos de la superioridad o inferioridad moral de ciertas ideas políticas.

La tercera y última idea plantea que el estrepitoso fracaso de los modelos vendidos por estos intelectuales como “la alternativa al neoliberalismo” (cuyo epítome es el modelo chavista venezolano), ha creado un impulso pendular que refuerza una nueva adoración dogmática del liberalismo económico, también conservadora y reduccionista, pero de signo contrario a la ola vivida en los 1980s y 1990s. Este sería el costo y el tamaño de los efectos de esta mofa intelectual, que denigró de toda alusión a la microeconomía y etiquetó a toda discusión microeconómicamente fundamentada como parte de una supuesta hegemonía ideológica y discursiva del capitalismo.

“Neoliberalismo” como connotación negativa: un producto 100% latinoamericano

El término “neoliberalismo” fue acuñado durante las décadas de 1950 y 1960, y su acepción fue de moderación de la visión liberal clásica, introduciendo la consideración de valores sociales y humanísticos a la par de consideraciones de eficiencia económica. Justo lo opuesto de su acepción más contemporánea.

Quienes usaron por primera vez este término fueron los economistas vinculados con la Escuela de Economía de Friburgo, llamada así porque nació en la Universidad de Friburgo, Alemania, en la década de 1930. Economistas de esta escuela, tales como Walter Eucken, Wilhelm Röpke, Alexander Rüstow y Ludwig Erhard, propusieron y comenzaron a usar el término “neoliberalismo” para identificar a la propuesta que luego se expresaría como la economía social de mercado, que fue llevada a la práctica en la Alemania de la posguerra, bajo el liderazgo de Ludwig Erhard como ministro de economía y cabeza visible de la política económica alemana de las décadas de 1950 y 1960. Estos primigenios neoliberales alemanes pensaban, en contraste con los liberales del siglo XIX (partidarios del laissez-faire), que la competencia en los mercados trae prosperidad económica, pero esta debía acompañarse por robustas políticas sociales y regulatorias, que velaran por los más débiles y frenaran a los carteles y monopolios.

Como explican Taylor Boas y Jordan Gans-Morse, del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de California (Berkeley), las siguientes veces que este término aparece en la literatura económica es de la mano de un grupo de académicos chilenos, que comienzan a usar la traducción “neoliberalismo” para referirse a las ideas de la Escuela de Friburgo y a su atractiva aplicación en el “milagro alemán” de la posguerra. Estos académicos chilenos usaban el término en su acepción positiva y moderada, como un ideal de política para sus propios países. [1]

Estos economistas chilenos comienzan luego a modificar sus propias ideas de cuál es la política económica deseable, influidos por su mayoritaria formación en la Universidad de Chicago (bajo la tutoría de Milton Friedman y Friedrich Hayek), por una parte, y por los desastrosos resultados de la política económica de Salvador Allende en el período 1970-1973, por la otra. Es así como la escuela chilena bautizada como los Chicago´s boys formula las ideas para una radical liberalización de los mercados, privatizaciones masivas, reducción del tamaño del Estado y expropiación de parte del poder de negociación de los sindicatos; todo aquello bajo la férrea dictadura militar de Augusto Pinochet.

Son los académicos opositores a Pinochet quienes por primera vez “tuercen” el concepto de neoliberalismo, en la década de los ochenta, para ahora identificar a los cambios en la manera de organizar a la sociedad, a los mercados y a las instituciones políticas, ejecutados por la dictadura. Este término entonces comenzaría a extenderse, primero en la literatura académica en español, y de allí saltaría a las revistas académicas editadas en inglés, bajo una creciente acepción peyorativa.

Los intelectuales y la caricaturización de la etiqueta “neoliberal”

Una vez que el concepto de neoliberalismo comienza a ser usado en América Latina, para calificar a programas y políticas económicas similares a las ejecutadas en Chile por la dictadura de Pinochet, y su uso se expande a revistas académicas en inglés, entonces comienza a ocurrir un fenómeno que posee tres características: (1) el término es mayoritariamente usado en su acepción peyorativa y sólo aparece en publicaciones de académicos que tienen una posición crítica de las políticas de libre mercado; (2) en la investigación empírica, el término neoliberalismo es a menudo usado sin que lo acompañe una definición conceptual, incluso en artículos en los que este término es usado como una importante variable dependiente o independiente (Boas y Gans-Morse, 2009); y (3) este uso vago e impreciso del término neoliberalismo contribuyó a que este permitiera calificar (o descalificar) de la misma manera a programas de estabilización económica de distintos signos ideológicos o escuelas de pensamiento (e.g., sin importar si tuviesen la inspiración monetarista, de la escuela de Friedman, o si tuvieran un sesgo hacia la escuela Keynesiana o Neokeynesiana), y este uso extensivo facilitó la descalificación a priori de todo programa establecido en términos de incentivos económicos, equilibrios macroeconómicos y diseño institucional.

Un elemento pernicioso y oscurecedor del debate público fue esta descalificación moral del discurso microeconómico, lo cual promovió la idea falaz de que es posible desarrollar políticas públicas virtuosas desconociendo el rol de los incentivos en la conducta humana.

En no pocas ocasiones, la descalificación moral del análisis microeconómico se ha basado en atribuciones falaces o en lo que hoy se llaman “hechos alternativos” como, por ejemplo, la idea de que la microeconomía supone que los individuos son necesariamente egoístas o que éstos son racionales.

Esta atribución falaz ignora o esconde toda la evolución conceptual de la microeconomía fundada en controversias abiertas y metodológicamente rigurosas. En cuanto al supuesto de egoísmo adjudicado ideológicamente, hay que decir que la maximización de una función de utilidad individual es totalmente compatible con la idea de individuos altruistas, o personas preocupadas por el bien común, o sensibles a temas ambientales y sociales. En cuanto al supuesto de racionalidad, ya en la década de 1950 un investigador llamado Herbert Simon había instalado en la academia la idea de que los seres humanos somos limitadamente racionales, que tratamos de hacer lo mejor posible con información imperfecta o parcial, y que no somos capaces de ponderar todas las variables en juego. El estudio de los límites de la racionalidad y los sesgos bajo los cuales actuamos es hoy parte central de la economía del comportamiento. [2]

Este proceso de vaciedad de significación precisa del concepto, y de su uso orientado a la descalificación moral del discurso microeconómico, contribuyeron a descalificar el conocimiento experto, a ignorar los consensos mínimos que existen en la teoría económica y, de esta manera, a facilitar el éxito electoral de programas políticos voluntaristas, orientados a perseguir intenciones y deseos con una base conceptual precaria.

El choque con la realidad, las consecuencias sociales y el empuje hacia una nueva vaciedad conceptual

El éxito electoral de los programas políticos voluntaristas, esos que desprecian la discusión abierta y académicamente fundamentada sobre el rol de los incentivos económicos en un diseño institucional virtuoso, que desprecian la consideración de la evidencia empírica, suele tener desastrosas consecuencias políticas, económicas y sociales. En lo político, el voluntarismo suele reforzar un proceso de destrucción de la separación de poderes, de explicaciones basadas en teorías de la conspiración y de creación de oportunidades para la captura de rentas. En lo económico, los resultados convergen en caídas drásticas de la productividad, baja competitividad y empobrecimiento tecnológico (con casos extremos de crisis inflacionarias y escasez pertinaz). En lo social, se observan burbujas de mejorías circunstanciales seguidas de procesos de empobrecimiento transversal, precarización del trabajo y deterioro de la calidad de los servicios públicos.

Estas coyunturas, como es el caso actual de Venezuela, incuban fuerzas que corren hacia los extremos ideológicos, con procesos de polarización en los que la discusión política es sembrada de visiones religiosas. Desde el lado de los experimentos revolucionarios, se niega la evidencia en nombre de teorías conspirativas, enemigos externos y sabotajes “imperialistas”, con lo cual se justifican o se niegan las penurias económicas y sociales. Desde el lado opositor, ganan popularidad los programas políticos basados en soluciones draconianas y simplistas, pero de signo contrario al Estatismo devastador.

En la Venezuela de 2017, como ocurrió en los países de la órbita soviética o en el Chile de Allende, es tal el desastre creado por el voluntarismo que muchos desean el advenimiento de una luz neoliberal, un nuevo credo que ayude a destruir una catedral y a erigir una nueva sobre las ruinas de la primera.

El surgimiento de una nueva ola de vaciedad conceptual es hoy uno de los reales efectos del uso moral e indiscriminado del concepto de neoliberalismo. Ojalá hayan aprendido algo esos intelectuales que ayudaron a denigrar de todo el conocimiento económico, esos que movieron el debate hacia la superioridad o inferioridad moral de las propuestas políticas.


Notas:

[1].  Boas, T. C.y J. Gans-Morse, (2009), “Neoliberalism: From New Liberal Philosophy to Anti-Liberal Slogan“, Studies in Comparative International Development, June 2009, Volume 44, Issue 2, pp 137–161.

[2]. Simon. H. A. “Rational decision-making in business organizations“,  Nobel Memorial Lecture, 8 December, 1978.

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