De la cobardía de un opositor radical venezolano

Foto: Rocco Lucia

Yo tengo que confesarles que mi aproximación a la violencia política está muy marcada por algunas ideas fijas, que pueden ser vistas como prejuiciadas y en alguna medida hasta como dogmáticas. Por una parte cuestiono, de manera radical, la utilidad de la violencia política para construir instituciones políticas sanas y estables en el largo plazo. Para derrocar militarmente a un gobierno que no nos gusta es preciso crear unas estructuras institucionales (ejércitos o grupos de acción paramilitar, cadenas de mando, mecanismos para hacer cumplir las órdenes y fortalecer la disciplina) que tienen, por definición, profundas raíces antidemocráticas y tienden a perpetuarse una vez cumplidos los objetivos político-militares. Por ello, las revoluciones suelen terminar en la instauración de un régimen dirigido por comandantes, coroneles, generales y así por una caterva de personas entrenadas para evitar el libre intercambio de ideas, el disenso, el cuestionamiento de las creencias de las mayorías transitorias, personas que en su fuero interno no admiten el libre albedrío y a veces ni siquiera la sanatoria y rebelde utilidad de la risa.

Por otro lado, debido a mi propia historia, siento cierto respeto por las personas que se comprometen con luchas políticas violentas, poniendo su propia vida en las primeras trincheras del conflicto invocado. Por los que no siento el más mínimo respeto, más bien, por los que siento un estomacal e irreflexivo desprecio, es por aquellos que invocan la violencia política como algo ajeno a ellos mismos, desde la certeza de la distancia o la división entre trabajo manual y trabajo intelectual, y ellos por supuesto se arrogan el cultivo de las ideas que deberán ser ejecutadas por otros, por la carne de cañón.

En alguna parte he contado antes sobre un capítulo clave de la historia de mi familia. Hacia comienzos de la década de 1960, mi padre se convenció de que entre el capital y el trabajo había una pugna irresoluble, de que el capitalismo era una trampa creada para que un pequeño grupo, los capitalistas y sus secuaces, pudieran expropiar el valor producido por los trabajadores, en un contexto de reglas, derechos e instituciones que garantizaban que “el robo ocurriera en santa paz”. La consecuencia más importante de esta idea era que, para restablecer la justicia y la voz de los más débiles, había que hacer la revolución en Venezuela (y en el mundo) e instaurar un nuevo orden más justo y feliz.

Más allá de la validez de los supuestos subyacentes a aquella idea, el hecho clave es que mi padre se la jugó por sus creencias, se planteó invocar y dirigir a otros pero poniendo su propio pellejo en la vanguardia. Hacia 1962 o 1963, ya se había acumulado evidencia de que la insurrección armada estaba derrotada en Venezuela, pero mi padre seguía creyendo que aquella era la vía. Así fue como en 1966, a pocos meses de haberse casado con mi madre y siendo yo ya un embrión bien formado, mi padre se internó en unas montañas a hacer la guerra, a organizar la insurrección popular y armada que convirtiera en realidad sus sueños de justicia y reivindicación de los excluidos. A mis dos años, mi madre me llevó a una de aquellas montañas para que él me conociera y a mis ocho años ambos decidieron que era el momento de vivir como una familia. No una familia normal (cada uno tenía un seudónimo y nadie debía saber quiénes realmente éramos), pero una familia que funcionó. En un entorno de grandes riesgos, mi padre supo blindarnos con una seguridad inaudita, con una feliz capacidad de mimetización y ocultamiento, en la que había armas pero no una cultura armamentista ni violenta en las circunstancias cotidianas.

Mi padre se pacificó en 1979 y pudimos también superar como familia la readaptación a la vida civil y abierta. En 1982, tras visitar Corea del Norte, mi padre comenzó a modificar sus creencias sin saltos ideológicos extremos. Aún conserva algunas de sus ideas matrices, que yo suelo cuestionarle con amoroso ahínco, pero siempre representará la consistencia y la responsabilidad de sí mismo con sus prédicas, la idea de poner su cuerpo, su seguridad y en algún sentido a su familia, en los primeros puestos de la travesía que él invocaba.

Esta es una de las influencias determinantes de mi sesgo, de mi poca capacidad para soportar a estos invocadores de la violencia de otros, a estos reclamadores de la inmolación ajena, a estos críticos de la aparente falta de valor y decisión de los otros, que no se atreven, no son capaces o les aterra convertirse en ejemplos singulares del sacrificio y la detonación.

Todos los días me repito que esto no es un asunto personal, que no mencionaré sus nombres, que no reclamaré con apellidos, que no exigiré ya más que enfrenten la cobardía que, para mi, los marca. Mejor hablar de paz y de entendimiento si no se es capaz de poner el cuerpo como rehén de las palabras.

No puedo evitar el desprecio por la cobardía de pedir la guerra de los otros, la violencia de alguien más, la inmolación del hijo del vecino como un costo que alguien debería pagar, pero no ellos.

¡Que la piedad de otros los asista!


 

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