De la visión estética de la vida

Diablos de Yare, por Mario Calderón. Foto: Pavel Gómez

Yo comencé a tener cierta fe cuando pude identificar a los estetas. De esto hay testigos privilegiados. Hasta entonces, había cultivado un sosegado escepticismo que hacía que toda esperanza se disolviera en sorna vana, como aquella energía de las olas que naufraga en una espuma inocua, efímera, falaz. Pero yo parecía destinado a una postura vital más elaborada. Aquel descreimiento inicial fue quizá lo que facilitó mis encuentros con algunos sujetos, cuya evolución les había equipado con los ojos que aprecian la belleza, con la mirada que identifica las letras, líneas, acordes y proporciones, que al ser agregadas las llamamos “Arte”. Porque el arte realmente comienza en la mirada. En la mirada del esteta. La mirada del esteta está entrenada para detenerse en ciertas formas y sacar todo el gozo que secretamente las habita.

Yo tengo la fortuna de que cada comienzo del último mes del año me visite un esteta. Nunca se jacta de ello, pero soy de los pocos que saben que mi hermano, el esteta, fue alumno aventajado de la Bauhaus y también discípulo de Alexander Calder y de Joaquín Torres García. Mi hermano, el esteta, me brinda entonces cada diciembre la risa elaborada, la mirada del color y las formas profundas, las referencias que ilustran y los acordes exquisitos. Es la escultura, la música, la pintura y la poesía, todo ello sintetizado en una mujer elegantísima que observamos fugaz en una plaza, o en un texto de Jaime Sabines que leemos en una fulgurante madrugada, o en una comida deliciosa perfumada por la impetuosa rúgula. Durante cada uno de los primeros días de diciembre, la mirada del esteta me acompaña, me ilustra y me divierte. Ya le he dicho que me estoy mal acostumbrando.

Mi hermano, el esteta, me ha traído también la cercanía de músicos y diseñadores, de arquitectos y poetas, de pintores y artesanos. Y con todos celebro una silenciosa empatía, una inesperada familiaridad que viste cada nuevo encuentro con un traje preciso y elegante.

Ya no siento pudor por la fortuna. Ya he logrado aceptar, con una impenitente gratitud, que mi camino está adornado por elementos que los estetas me han enseñado a ver. Aunque deba cultivar mi alimento con ciencias lúgubres, aunque deba usar la guadaña o el bisturí para diseccionar hipótesis frías o desagradables, allí, adyacente en el camino, se ha revelado el arte que ilumina la hechura de mis días.

Gracias por la suerte inaudita.

Gracias por la alegría.

Gracias.


 

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