Del resentimiento como fuente de tragedias políticas

Foto: SamahR

En aquella aciaga tarde de 1985, nadie imaginaba que la frustración de la carrera musical de una despierta y tierna chica tendría graves efectos políticos más de dos décadas después. Antinar Beta es el nombre de la protagonista de una historia que comenzó como una mezcla de ilusión y esperanza juvenil, y terminó como lo que parece ser un proyecto personal de venganza política y social.

Comenzaba la hermosa edad de los siete años y con esta despertaban los primeros signos del primer amor de Antinar. Una mañana de domingo, su madre la había llevado a un concierto que le pareció como un paseo por un bosque secreto, habitado por aves encantadas y pícaras hadas madrinas que se escondían en el lecho de un riachuelo. De toda la multiplicidad de instrumentos que despertaban aquellos acordes maravillosos, Antinar se sintió atraída por un curioso tubo marrón, salpicado de dorados, que era soplado a través de una suerte de boquilla, que partía de los labios del músico, y tras unos pocos centímetros daba una curiosa curva hasta empalmar con el cuerpo cilíndrico del instrumento.

Al terminar el concierto, Antinar hizo que su madre preguntara los detalles de aquella “extraña flauta”, y ambas descubrieron que su nombre era Fagot y que era familia lejana del Oboe, debido a que ambos producían sonidos a partir de la vibración de una lengüeta doble. Al menos esto fue lo que les dijo un simpático y obeso señor de pelo blanco y largas patillas, que abrazaba tiernamente su Fagot con unas manos rellenas y peludas.

Pocos años después, a unas cinco cuadras de la casa de Antinar comenzó a operar una sede de la Orquesta Juvenil e Infantil de su país. Como empujada por el recuerdo del señor de las patillas largas, Antinar convenció a su madre de que la inscribiera en aquel frugal conservatorio, en el que unos profesores con pinta de hippies hacían audiciones y entregaban instrumentos a unos niños gozosos. Antinar se hizo merecedora de un ronco fagot, entregado en comodato, el cual la acompañaría durante los siguientes siete años.

Pero en 1985 la tragedia sacudió a Antinar con sus manos de fuego. Era el momento de suplir un puesto de fagotista en la Orquesta Nacional y Antinar tenía las mejores credenciales para la vacante. Varios de sus profesores lo sabían: ella era virtuosa y disciplinada, estudiosa y brillante. Pero entonces, en el momento crucial de la definición, el comité evaluador se inclinó por un fagotista cercano a uno de los directores nacionales del sistema de orquestas. Cuando Antinar le preguntó a su profesora más cercana sobre la explicación de esta decisión, ésta fue categórica: “Tú tenías todo lo requerido para ser seleccionada menos algo: las redes sociales, políticas y familiares que injustamente también pesan en estas elecciones. Pero aún podemos apelar”.

Antinar, entonces, se dejó ganar por una mezcla entre frustración y timidez, y decidió desistir de cualquier apelación o movimiento hacia otra orquesta. Se concentraría en sus estudios de derecho y con ello apostaría por ser una exitosa abogada antes que una fagotista de orquesta de segunda.

Varios años después, cuando regresaba a su país después de haber realizado un doctorado en España, Antinar rescató su vieja cercanía con un grupo de profesionales que jugaría un rol clave en el gobierno populista que perpetuaba una hegemonía política en aquel país. Antinar, para entonces, ya no era la fagotista juguetona, luminosa y cálida de sus años en la orquesta. Se distanció de la mayoría de sus viejos amigos músicos y enterró, junto al fagot, su ánimo tolerante, su visión fresca, crítica y heterodoxa de la política, y así, mucho de lo que mejor recordaban sus amigos del conservatorio y la universidad.

Hoy día, Antinar Beta es un cuadro clave, del más alto rango, de un gobierno que golpea a la disidencia, que no admite cuestionamientos de los dogmas ideológicos sobre los que construye un modelo de sociedad cerrado, uniforme, sin equilibrios políticos, económica y socialmente desastroso.

Antinar, como muchos otros soportes políticos e intelectuales de ese gobierno mediocre y dictatorial, parece haber encontrado una suerte de sonda, por la cual compartir su resentimiento con otros funcionarios, como si compartieran su propia sangre transmutada en una sabia amarga, rabiosa y vengadora. Como si todos los que piensan distinto, los que aspiran a una sociedad abierta, con contrapesos institucionales, con poderes civiles sujetos a la competencia política, con un poder militar sujeto al poder civil, como si todos esos otros fueran la imagen recurrente, la representación repetida de los miembros de aquel comité, que escogieron a un fagotista sólo por su apellido, por su género, por su extroversión y simpatía, por su sangre de mecenas y su elegancia plutocrática.

Manuel García-Pelayo, quien fue profesor de ciencias políticas y filosofía, fundador del departamento de ciencias políticas de la Universidad Central de Venezuela y luego presidente de la Corte Constitucional de España, propuso una definición del resentimiento social que resulta pertinente a propósito del caso de Antinar:

“El resentimiento es la constante vivencia de una humillación que no sólo no se ha olvidado intelectualmente, sino que es constantemente revivida, vuelta permanentemente a sentir, re-sentida.” (…) “El resentimiento social deriva de la pertenencia a un estrato en situación de inferioridad dentro de la jerarquía social, o de una falta de adecuación entre la estimación ideal de un determinado estamento y su situación real; en última instancia, de la carencia de las cosas que desde un estrato dado, se crea con derecho a tener. Es la existencia la que condiciona la conciencia, y una existencia sentida injustamente inferior, trágica, sin salida, termina creando una conciencia que puede ser en todo o en parte y, a veces, grandiosa, racionalización del resentimiento.”

Obviamente, hay elementos sociales, culturales e institucionales que incuban y alimentan el resentimiento. Cuando hay una historia de persistencia de desigualdad de oportunidades, sobremanera en un contexto de elevado éxito económico relativo (en comparación con vecinos y puntos de referencia), entonces la sensación de frustración puede ser muy alta, y esto puede facilitar la proliferación de sujetos resentidos.

Hay un desafío político e institucional que consiste en privilegiar reglas, costumbres y conductas que favorezcan una meritocracia ciega, que generen igualdad de oportunidades, y de esta manera reduzcan las fuentes de resentimiento social.

Como apuntó el filósofo alemán Max Scheler, en un ensayo publicado en 1915: “El resentimiento es una autointoxicación psíquica permanente que emerge al reprimir sistemáticamente la descarga de ciertas emociones y afectos, los cuales son en sí normales y pertenecen al fondo de la naturaleza humana.” Según la tesis de Scheler, cuando el sujeto responde a un ataque con un contrataque, cuando la herida es respondida con un reclamo inmediato, cuando se expresa y verbaliza la incomodidad directamente frente al agresor, entonces se reduce la carga resentida. “El resentimiento no puede jamás desarrollarse sin un sentimiento específico de impotencia”.

Hay entonces, también, un desafío perteneciente al ámbito íntimo de cada uno de nosotros, que consiste en sacar el dolor, en descargarse frente a las heridas, en reclamar ante la injusticia para sentir la herida, pero no re-sentirla. Es la silenciosa aceptación de la agresión o de la injusticia lo que incubaría el acto de volver a sentir, o sea, el resentimiento. ¿Acaso la historia de Antinar hubiese derivado de manera diferente si ella hubiera decidido apelar la decisión del comité, pelear su caso y crear una puerta de salida a toda su frustración y su dolor?

Yo vengo de un país cuyas instituciones parecen haber sido asaltadas por cientos de Antinares, por personajes que guardaron y cultivaron el dolor de una exclusión, discriminación u ofensa, que no fueron capaces de sentirlas y reclamarlas de manera oportuna, sino más bien parece que optaron por mantener vivo, secreta e íntimamente, el fuego del desprecio permanente frente a todo lo que relacionan con el bullying o la discriminación clasista, racista, misógina u otra, de las que se sintieron receptores en su juventud, o en algún punto de su historia personal.


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