El sueño de Hugo Chávez produce monstruos

Foto: Cerro Mijares

El viernes 18 de noviembre de 2016 se conoció el veredicto del jurado en el juicio por narcotráfico contra los venezolanos Efraín Campos y Franqui Flores. Ambos fueron hallados culpables de planificar el envío de 800 kg de cocaína hacia los EEUU. El detalle explosivo es que Campos y Flores son sobrinos de Cilia Flores, diputada a la Asamblea Nacional de Venezuela y esposa del presidente de ese país, Nicolás Maduro.

Según los datos aportados por la fiscalía norteamericana, Campos y Flores esperarían recibir un total de 20 millones de dólares por la colocación del cargamento de cocaína en aquel país y la droga provendría de las FARC. Además, en las declaraciones de testigos y grabaciones de conversaciones telefónicas de la fiscalía, habría evidencias que soportan las sospechas de que en esta controversial industria de exportación participan funcionarios de diversos rangos del gobierno venezolano.

A primera vista, resulta irónico que una de las pocas industrias florecientes de la Venezuela chavista sea precisamente el narcotráfico. Pero la imagen de la ironía pronto se difumina y emerge una explicación estructural muy simple: esto es una consecuencia directa e inevitable del modelo político e institucional sembrado por Hugo Chávez y sus seguidores.

El sueño de Hugo Chávez produce monstruos porque su modelo se basa en el desprecio de las instituciones que alinean incentivos de manera virtuosa, y en la alimentación de instituciones que parten de un voluntarismo bienintencionado y terminan en mafias, en condiciones para que florezcan los arreglos en la oscuridad y en un terreno fértil para la corrupción y el surgimiento de fortunas súbitas y desmesuradas. Esta es quizá la mayor estafa ideológica implícita en el modelo liderado por Hugo Chávez Frías. Veamos en qué consiste la diferencia entre instituciones virtuosas e instituciones mafiosas.

El experimento de Atalquis

Atalquis Jota es maestra del séptimo grado de educación básica. Trabaja en una moderna escuela, cuyo énfasis es el desarrollo de habilidades tecnológicas y emocionales en un universo de mil doscientos niños, de diversas nacionalidades. Una escuela de vanguardia con una metodología basada en frecuentes experimentos. El más reciente de estos fue un experimento sobre resultados distributivos en un grupo de niños entre los diez y los doce años. Los resultados son reveladores y bien pudieran ser utilizados para explicar la historia institucional de Venezuela, desde los inicios del siglo veinte hasta nuestros días.

El experimento de Atalquis operaba de la siguiente manera:

  • Mediante un procedimiento de elección aleatoria, se seleccionaron 54 niños, los cuales fueron divididos en 27 parejas.
  • Cada viernes al mediodía se le entregaba a cada pareja una pizza que contenía los ingredientes preferidos por el universo de niños.
  • El tamaño de las pizzas había sido definido de manera que no saciara por completo el hambre de los niños, como una manera de estimular la pugna distributiva entre éstos.
  • En una primera etapa, se entregaba la pizza a uno de los niños, y éste debía decidir cómo se dividiría la pizza entre ambos. Bajo esta regla transcurrieron nueve semanas.
  • En la décima semana, a 20 de las 27 parejas se les cambió la regla: ahora la división sería realizada por otro niño, que formaba parte de un equipo de otros niños especializados en dirigir las reparticiones (piense en un oficial gubernamental que entrega permisos de importación, o decide a quién le entrega dólares preferenciales).
  • En la vigésima semana, a 13 de las 20 parejas cuya regla distributiva había cambiado antes se les cambió de nuevo la regla distributiva: ahora, cada semana un niño actuaría como el divisor (dividiría la pizza en dos) y el otro sería el escogedor (escogería primero su parte). Los roles se intercambiaban durante las siguientes diez semanas, pero debía cumplirse siempre que uno picara y el otro escogiese de primero.

Los resultados fueron discutidos en la semana  30:

En los grupos que siempre operaron bajo la primera regla, en que uno de los niños dividía la pizza y entregaba al otro su parte, el patrón de conducta más recurrente fue que uno de los niños desarrolló sus propios mecanismos para lograr ser el divisor frecuente (imponiendo la fuerza, o “seduciendo” a los administradores externos del experimento). En la abrumadora mayoría de estos casos, la división era bastante inequitativa (70% – 30%, en promedio) y había una alta tasa de malestar entre los perdedores habituales.

En los casos en que había un repartidor externo especializado, el patrón más interesante de comentar es que los repartidores comenzaron a usar su poder para obtener algo de pizza. En particular, le ofrecían a uno de los miembros de la pareja que le darían una mayor porción que al otro, pero que el favorecido debía compartir “algo” de la pizza con el repartidor. Una de las cosas que llamó la atención cuando se analizaron los resultados fue que los repartidores terminaron asociándose informalmente con los miembros de las parejas que eran sistemáticamente favorecidos. En este caso también se observó una alta tasa de malestar entre los perdedores habituales.

Finalmente, entre los grupos sujetos a la regla de que “uno divide y el otro escoge primero” las cosas fluyeron de manera armoniosa y satisfactoria, con cero evidencia de reclamos o malestar y reparticiones bastante equitativas.

Los incentivos y la estafa chavista

El experimento de Atalquis Jota nos muestra la diferencia entre instituciones virtuosas e instituciones mafiosas. La historia de la humanidad bien puede ser vista como la historia del descubrimiento del virtuosismo institucional. Unas sencillas reglas, aplicables de manera transparente y apoyadas por un creíble sistema de justicia, constituyen un esquema que es práctica y moralmente superior al voluntarismo populista representado por Hugo Chávez.

El modelo chavista comenzó minando la separación de poderes, eliminó el Senado y creó un Congreso unicameral, luego cooptó al Sistema Judicial dominándolo a su antojo, eliminó las licitaciones públicas y los mecanismos que proveen transparencia, expropió empresas y reguló los precios más importantes de la economía.

El caso de los sobrinos de Cilia Flores no es accidental. Tampoco son accidentales los múltiples casos de monopolización de oportunidades de negocio ni las groseras apropiaciones del erario público. Un modelo que niega y desconoce los incentivos económicos presentes en las sociedades modernas, es un modelo que al final sólo sirve a las mafias, a los apóstoles de la relación entre política y negocios, a los que gozan de privilegios y juegan exentos del control institucional. Y al favorecerlos contribuye a la concentración de la riqueza con base en lazos familiares, amistades y posiciones de poder político, justo lo opuesto de las prédicas humanistas y justicieras de sus propulsores.


 

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