Ideas para la discusión de pasado mañana

Foto: LastHuckleBerry

La última vez que vi a Tanislao Erre fue en un bar llamado Gypsy Sally´s, ubicado en la zona de Washington conocida como Georgetown. Tanislao trabaja desde hace quince años en el Banco Mundial, pero tiene poco que ver con el típico tecnócrata de burbuja y MontBlanc.

Desde la óptica de los prejuicios de esa generación que creció con las películas de Disney, con princesa rubia y príncipe azul, con fotos de familias hermosas que escondían con vergüenza inaudita sus depresiones, sus abuelos campesinos y sus tías lesbianas, Tanislao sería un hippie que encontró un espacio en el engranaje. Desde la óptica de los prejuicios de la izquierda revolucionaria, Tanislao es un vulgar Chicago Boy con veleidades veganas y militante de la sociedad protectora de animales. Pero en realidad, Erre es una extraña mezcla entre sociólogo y economista, que milita en la célula más crítica que ha logrado sobrevivir en los organismos multilaterales anclados en la capital estadounidense, la cual ha defendido por años, y obviamente en minoría, la mirada heterodoxa de quienes creen en la importancia de la profundidad y competencia de los mercados, pero son alérgicos a los dogmas y a las verdades reveladas de ciertos ingenieros transmutados en economistas que predican recetas de salvación y bombas de tiempo sociales.

Tanislao, hijo de madre canadiense y padre argentino, es portador de un compromiso  de largo aliento con los problemas de América Latina en general, y de Argentina en particular, por razones obvias. Después de la tercera cerveza, la conversación se centró en los dramas de Argentina y Venezuela, en los desafíos de las transiciones políticas y en las tensiones entre el voluntarismo político, los necesarios ajustes económicos para corregir las distorsiones heredadas y la repartición de los costos sociales de estos ajustes.

“Uno de los desafíos más críticos dentro de los organismos multilaterales que hacen recomendaciones de política, a cambio del apoyo financiero que otorgan a los países en transición, es que los economistas comprendan las dimensiones morales y políticas alrededor de los programas de reformas”, señaló Tanislao, justo antes de dirigirse a liberar espacio para las próximas birras. A partir de este licencioso lugar común, nos propusimos hacer una breve síntesis de los temas académicos que podrían servir de referencia para esta aproximación entre la visión técnica y la política.

El marco de referencia de la mayoría de los economistas y diseñadores de políticas públicas parte de dos ideas centrales: 1) Los ciudadanos en general, y los votantes en particular, son individuos racionales que buscan su propio interés y esto marca sus decisiones electorales y su apoyo a determinadas propuestas de políticas públicas, dentro de una variedad de ofertas de programas ofrecidos por los candidatos presidenciales y ejecutadas por los funcionarios electos; 2) Cuando los electores evalúan las propuestas alternativas de políticas públicas, éstos  son capaces de identificar los resultados de la aplicación de estas, y se inclinan por aquellos que les resulten más beneficiosos.

Las intenciones también importan.

Aunque un sano escepticismo debe partir de la idea de que de buenas intenciones está alfombrado el camino al infierno (y de esto hay abundante evidencia en la historia contemporánea de América Latina), quienes diseñan políticas públicas deben también considerar que los seres humanos también valoramos las intenciones, sobremanera cuando están en juego elementos asociados con lo que nos parece justo o equitativo desde el punto de vista social.

En un artículo publicado en el 2008, en la revista “Juegos y conducta económica”, los investigadores Armin Falk, Ernst Fehr y Urs Fischbacher muestran evidencia experimental sobre la relevancia de las atribuciones de intenciones justas o equitativas, cuando se evalúan propuestas alternativas. “Nuestros resultados ofrecen evidencia de que la gente no solo toma en cuenta las consecuencias distributivas de una acción, en el momento de evaluar cuán justa resulta esta acción, sino que también se toman en cuenta las intenciones detrás de tal acción”. En este sentido, es clave la significación otorgada por los decisores políticos a elementos como la ausencia de alternativas viables, o a las señales sobre si el político tiene la capacidad para lograr un mejor resultado, pero no se ha esforzado lo suficiente para lograrlo.

La justicia o equidad procedimental.

Las políticas públicas son tradicionalmente evaluadas comparando los resultados observados con la situación previa. Según esta perspectiva, si la utilidad en la situación ex post es superior a la utilidad observada ex ante, entonces el cambio debe ser aceptado.

Sin embargo, en muchos casos las elecciones individuales y sociales no pueden ser explicadas usando sólo estos criterios: ¿Por qué la gente a menudo está insatisfecha con determinadas decisiones, sobre las cuales no han sido debidamente consultadas durante el proceso de decisión, aunque están de acuerdo con las consecuencias de estas decisiones? ¿Por qué los individuos involucrados en procesos judiciales están más dispuestos a aceptar una determinada decisión cuando perciben que el proceso fue justo? ¿Cómo puede explicarse que a los trabajadores a menudo les preocupan no sólo las metas organizacionales, sino también la manera cómo estas metas son determinadas y su participación en su formulación?

Los investigadores Bruno Frey, de la Universidad de Zurich, y Felix Oberholzer-Gee, de la Escuela de Negocios de Harvard, analizaron las razones por las cuales los ciudadanos Suizos se oponían a la ubicación de depósitos de desechos nucleares cerca de sus comunidades, en la década de los noventa. A partir de la realización y análisis de 900 entrevistas en profundidad, encontraron que la aceptación de las reglas para elegir la ubicación de un repositorio incrementaba significativamente la probabilidad de aceptar que este fuese ubicado en las adyacencias de sus propios hogares. Reglas de decisión basadas en loterías eran consideradas más justas (y por tanto más aceptables) que aquellas basadas en transferencias o pagos para compensar su aceptación, siendo que estas últimas serían naturalmente más aceptadas por las comunidades más pobres. Para algunas personas, la explotación de la pobreza es en sí algo inaceptable, aunque esto resulte eficiente desde el punto de vista económico.

Los electores somos moralistas.

Una mayoría de los británicos votó por el Brexit y los estadounidenses eligieron a Donald Trump, a pesar de que, en ambos casos, el consenso de los expertos señala que estas elecciones serán económicamente contraproducentes para los electores de ambos países. Cerrar las puertas a la inmigración o regresar al proteccionismo de altos aranceles y amenazas a las empresas, generan más costos que beneficios en el largo plazo.

Algo similar a esto, aunque en otra escala, ocurre con las políticas antidelictivas de algunos países. En los últimos años, diversos países han aprobado leyes orientadas a incrementar las prerrogativas policiales para detener al azar e investigar a los transeúntes. Esto es lo que en inglés se conoce como políticas de “stop and search” (detener y registrar). La mayoría de la investigación académica ha concluido que esta política es poco efectiva para frenar la delincuencia y tiene altos costos sociales: genera discriminación hacia minorías y jóvenes, creando resentimiento e inequidad judicial, e incentiva a las policías a desviar recursos desde la investigación hacia campañas efectistas y mediáticamente notorias.

¿Si esto es así, por qué tantos electores apoyaron el Brexit, votaron por Trump o votan por legisladores que ofrecen enfrentar el crimen con medidas poco efectivas y éticamente cuestionables?

Una respuesta que ha cobrado valor en los últimos tiempos viene de la investigación en psicología social y en lo que se conoce como la teoría de los fundamentos morales. Un grupo de investigadores, entre los que destacan Jesse Graham, de la Universidad de Virginia, y Jonathan Haidt, de la Universidad de Nueva York, apuntan a que muchas de nuestras decisiones están basadas en juicios morales, y que la inclinación de estos juicios depende del subconjunto de valores que consideramos prioritarios. Para los liberales, los valores clave son la compasión por los vulnerables, el miedo a la opresión y la búsqueda de justicia, mientras los conservadores privilegian la lealtad hacia el grupo, el respeto a la autoridad y la santidad o pureza.

De acuerdo a la visión de estos investigadores, cuando los votantes parecen votar en contra de sus propios intereses económicos, lo que ocurriría es que están en realidad votando por los valores morales que consideran prioritarios.

Aunque en principio, cada uno de nosotros tiene su propia preferencia por uno u otro subconjunto de valores, según seamos más del tipo liberal o más del tipo conservador, también podemos pensar en que determinadas circunstancias o eventos pueden “empujarnos” hacia una o otra de estas escalas de prioridades.

Un incremento en la percepción de desigualdad de oportunidades, de injusticia social y de monopolio de unas élites, puede disparar un estímulo que nos inclina hacia programas de izquierda que privilegian la redistribución y la venganza social. Esto explicaría por qué los electores eligieron a Hugo Chávez en Venezuela o a Evo Morales en Bolivia o a los Kirchner en Argentina.

Un incremento de las amenazas del terrorismo, del crimen o de las penurias del desempleo dispararían unos estímulos que favorecen los programas más autoritarios y los llamados a cerrar las fronteras de la derecha política. Esto podría explicar por qué triunfaron el Brexit en el Reino Unido o Donald Trump en los EEUU.

Conclusiones

Estos tres conjuntos de elementos mencionados, la importancia de las intenciones, de la búsqueda de justicia procedimental y la preponderancia de valores morales cuando elegimos, son solo algunos ejemplos del tipo de elementos que los economistas, los políticos y los diseñadores de políticas públicas deben incorporar en el análisis para mejorar la eficacia electoral de sus propuestas y rescatar la legitimidad perdida.

Quienes están pensando en programas de gobierno y políticas públicas orientadas a ser las bases de las transiciones políticas, en los casos de los países que han estado anclados en el populismo de izquierda latinoamericano (e.g., Argentina, Bolivia, Ecuador y Venezuela), deberían comenzar a considerar este tipo de aspectos, típicamente ignorados por el pensamiento económico y político tradicional.

Quienes estén pensando en cómo enfrentar a Trump y resistir a la ola proteccionista que se avecina, también deberían incorporar este tipo de reflexión, para comprender la lógica bajo la cual están decidiendo los electores, o para contribuir a diseñar instituciones que reduzcan el pánico colectivo derivado de la criminalidad, el terrorismo o el desempleo.


 

 

Facebook Comments
Comparte y/o like esta entrada:

Be the first to comment on "Ideas para la discusión de pasado mañana"

Leave a comment

Your email address will not be published.


*


A %d blogueros les gusta esto: