La función política de la discriminación

Foto: Alain Bachellier

Una nueva ola de discriminación recorre el mundo y sus manifestaciones políticas son evidentes: El Brexit, la elección de Trump, el crecimiento de las opciones electorales de partidos y candidatos ultranacionalistas (e.g., Le Pen en Francia, AfD en Alemania) son apenas algunos síntomas de un resurgimiento de los valores que invocan el lado insultante de las diferencias. Misoginia, xenofobia, racismo u homofobia son los nombres de algunas de sus manifestaciones, esas que hoy son defendidas sin pudor por exitosos jugadores políticos.

Las recesiones macroeconómicas y sus manifestaciones familiares concretas, el terrorismo y la criminalidad, las oleadas de inmigrantes que disputan el empleo y los subsidios, todo esto ha disparado las apetencias por programas políticos que enarbolan la discriminación con desenfado. Como una simple y pequeña muestra podemos señalar que, hace apenas unas horas, Donald Trump designó a Stephen K. Bannon como el estratega de su equipo de gobierno (Jefe de Estrategia de la Casa Blanca). Resulta que Bannon es acusado de ser el cerebro de los mensajes racistas, del antisemitismo y la misoginia expresados por Trump durante la campaña electoral. Vinculado a los medios, Bannon ha sido pontífice del espíritu de la  supremacía blanca y demás farsas seductoras.

Pero más allá de los visos más o menos políticamente correctos del discurso, hay una arista que me interesa alumbrar en estas líneas: el uso político de la discriminación, por parte de un grupo de individuos, como una herramienta dirigida a minar el poder de negociación de los individuos clasificados dentro del grupo depauperado.

En todas las sociedades, unos grupos discriminan a otros con base en rasgos físicos visibles asociados al origen étnico, el género, las preferencias sexuales o las costumbres religiosas. El argumento central es que estas conductas discriminatorias son tan resilientes debido a que cumplen una función política central: deprimir el poder de negociación de eventuales competidores, usando los prejuicios y los estereotipos como base de una estrategia deliberada de denigración.

Según datos presentados por el Pew Research Center, entre 1980 y 2015 el salario de las personas negras en los EEUU ha sido el 73% del salario de las personas de piel blanca. En el caso de los latinos, su salario representa un 70% del salario correspondiente a los blancos. Y lo que es peor, estos porcentajes se han mantenido más o menos iguales en los 35 años de estadísticas evaluadas. Algo parecido ocurre con las mujeres frente a los hombres: el salario de éstas es entre un 20% y un 40% menor que el salario masculino, dependiendo de su tipología étnica. En Europa la situación no es muy diferente.

La idea que les presento hoy acá es que la discriminación tiene una función política central, y esta función consiste en la creación de mecanismos que protejan a unos grupos de la competencia por los salarios y, eventualmente, de la competencia por el poder político de una sociedad. Bajo este punto de vista, la discriminación sería entonces una estrategia anticompetitiva similar a la introducción de barreras arancelarias o de barreras de entrada en los mercados.

Las barreras de acceso a determinadas redes sociales de estatus y poder, o las trampas de discriminación estadística, serían sólo algunos de los mecanismos que le otorgan resiliencia a la discriminación.

Esta es entonces la cara más deleznable de los vientos políticos que estamos observando: Con la depauperación económica y las amenazas terroristas y criminales se crea un ambiente propicio para el renacimiento de la política de la discriminación. Y una vez que la discriminación está operando, los privilegiados pueden obtener una tajada de la torta mayor que los discriminados y esta distribución crea mecanismos que la perpetúan: al final se trata de una vulgar conspiración para expropiar poder de negociación y, por ende, poder político.

Por esto, la lucha contra la discriminación de las mujeres, de los inmigrantes o de los gays es una postura política liberal: porque se trata de derrumbar unas barreras a la competencia que están construidas sobre prejuicios y estereotipos, que pueden vestirse de nacionalismo o de protección de la familia tradicional, pero que solo buscan alterar, con base en subterfugios inaceptables, la distribución del poder político en una sociedad.


 

 

Facebook Comments
Comparte y/o like esta entrada:

Be the first to comment on "La función política de la discriminación"

Leave a comment

Your email address will not be published.


*


A %d blogueros les gusta esto: