La herida de la palabra prejuiciada

Foto: Emdot


La palabra es música y significado. La palabra seduce y embriaga, invoca la divinidad y es puente desde la voluntad hacia el deseo, desde las ganas hasta la aceptación. La palabra es vehículo para sortear abismos. La poesía es su expresión más delicada, síntesis de todo su poder, su más pura y decantada y frugal expresión. Pero la palabra también es herida, es huella lacerante, es ácido sobre la carne viva, es cicatriz imborrable del dolor que permanece. Para bien y para mal, la palabra es el gesto que es flor y es daga y es martillo.

Hay ciertas palabras que son golpes en el vientre, que son zarpazos en la dignidad.

Piense en la palabra “bastardo”, felizmente abolida por cierta madurez de la historia. Decir bastardo es vaciar todo el desprecio sobre el más inocente, sobre el que no eligió. Pero también es decir prejuicio, es establecer una diferencia innoble, que carece de todo honor humano, entre un hijo nacido de un contrato jurídico y un ser nacido del simple encantamiento humano, de la sagrada cópula que no requirió, para ser noble, de jueces ni curas ni testigos.

Usar la palabra como humillación, a partir de una aberración moral, debería ser inaceptable para uno mismo. No se trata de imposiciones, ni de prédicas fatuas. Es más bien la reflexión sobre lo que uno quiere comunicar, sobre darse cuenta del golpe y la herida, sobre la cobardía de escudarse en el significado compartido por un grupo que quiere establecer una diferencia insultando, marcando con desprecio una frontera entre una posición y otra, recordando con indignidad la supuesta bajeza de ciertas condiciones, de ciertos oficios, de ciertas posiciones en una pirámide social, que a veces es justicia del esfuerzo y otras muchas es olvido de robo y corrupción.

La siguiente historia ayuda a ilustrar el punto. En Venezuela, entre 1984 y 1989, fue presidente un señor llamado Jaime Lusinchi. El suyo fue un gobierno nefasto. Fue el símbolo de la decadencia económica de un país que había creído que era rico sin serlo, que había derrochado el premio de una lotería y se había desnudado en la profundización de la miseria y en la depauperación de la clase media.

Resulta que Lusinchi, estando casado, se había enamorado de una secretaria de su partido, Acción Democrática (AD), a quien luego designaría como secretaria privada de la Presidencia, desde el inicio de su gobierno. Los rumores de la época apuntaban a que el presidente Lusinchi se había separado de su esposa y había consolidado su relación con su secretaria privada, cuyo nombre era Blanca Ibáñez, quien tendría un creciente protagonismo en los asuntos del Estado y pronto se le acusaría de estar involucrada en tráfico de influencias y presuntos hechos de corrupción (ambos se casarían en 1991, dos años después del término de la presidencia de Lusinchi).

A raíz de aquel marcado protagonismo, la señora Ibáñez comenzó a ser llamada, en ciertos medios y corrillos de la sociedad caraqueña de la época, como “la barragana”. Literalmente, barragana significa concubina, persona que convive con otro sin estar casados, pero este término era crecientemente usado como una forma despectiva de referirse a su condición de pareja no legalizada de un hombre casado. La expresión “barragana” se convertiría en una palabra denigrante de una condición elegida en la esfera de la intimidad de unas personas, con una connotación claramente misógina (nunca se ha hablado de barragano, en género masculino).

Cuando lo procedente era juzgar una conducta política (el uso abusivo del poder), lo cual es recriminable independientemente de las formas jurídicas y morales que reviste una relación íntima, el énfasis público era en la figura de la relación (el concubinato), como si esta figura fuera un agravante del probable delito. La palabra “barragana” sería entonces, en los términos aquí planteados, una palabra denigrante y sexista, cuyo énfasis habla más de un prejuicio moral que de un problema sobre el ideal de honestidad en la gestión pública.

El uso o abuso del poder con fines privados, el usufructo de los recursos públicos o la escasa transparencia en la asignación de recursos, donde los hubiera, son conductas condenables que nada tienen que ver con las figuras de la relación íntima entre dos personas. Lo que también resulta una conducta condenable es el uso remarcado y petulante de una palabra que encierra una consideración despectiva particular hacia la mujer, cuando se cuestiona una relación de la que el hombre es tanto o más responsable.

Otra de estas palabras denigrantes y con una alta carga misógina es el término “cachifa”, usado coloquialmente en Venezuela para referirse de manera despectiva a las mujeres que trabajan en los servicios domésticos de limpieza, cocina y cuidado del hogar. En ciertos ámbitos de la sociedad caraqueña de los años ochenta, se instaló el uso de esta expresión, la cual tenía (o tiene) una alta carga despectiva y humillante. La frase “parecer una cachifa” era (y es) usada por ciertos venezolanos para referirse a una persona desarreglada, con poco cuidado de su figura o con poco gusto para la vestimenta. Como si la dedicación de alguien al oficio de los servicios del hogar dijese algo sobre la dignidad de las personas, que permitiera establecer una diferencia sustantiva en las valoraciones de la condición humana.

Conclusiones

Obviamente, cada quien es libre de usar el lenguaje como quiera, o como pueda. Pero cuando hurgamos en las connotaciones de ciertas palabras, en el uso de términos que denigran de ciertas características de las personas, algunos podemos elegir ser cuidadosos, evitar ciertas voces, estar atentos a lo que el uso hiriente de la palabra dice sobre nosotros mismos, sobre nuestros valores, sobre lo que implica la persecución de distinciones de estatus, o condición social, entre nosotros y las demás personas.

Yo he elegido evitar el uso de palabras como “bastardo” o “cachifa” o “barragana” en mi lenguaje cotidiano, porque éticamente me desagradan sus implicaciones de estatus moral, su mensaje de complejo proyectado y las distancias que levantan entre uno mismo y aquellos a quienes pretendemos excluir de la supuesta identidad compartida por unos pocos. Pero lo que me resulta más importante es caer en cuenta que lo que hoy se llama “el bullying basado en prejuicios” es algo que hace a sus víctimas sentirse sin poder, pobres, excluidos o marginalizados.

Desde el punto de vista político, sostengo la hipótesis de que el uso denigrante de ciertas palabras, ese uso que cuando se hace social, o compartido por un grupo, crea un abismo con quienes se sienten excluidos, ese uso es una fuente de resentimientos sociales, y los resentimientos sociales son, a su vez, una fuente de peligrosas elecciones políticas que son pasto de liderazgos populistas, destructores de la convivencia y generadores de miserias económicas y culturales.


 

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