Lecciones de democracia de los piratas del Caribe

Foto: Kim Seng

Despertaba el año de 1666 y aún faltaba una semana para que cumpliera mis once años. Durante siete días y siete noches los buques piratas bombardearon la incipiente ciudad de Maracaibo. Cientos de personas habían abandonado las zonas más expuestas y se internaban en la selva, tratando de escapar de la lluvia de estruendos y municiones ardientes. Aquello parecía una fiesta malévola, un preludio infernal, una música sorda de cañones que vomitaban sus babas de fuego, sus balas pecaminosas, sus mensajes de furia y destrucción. En la mañana del octavo día comenzó el desembarco. Desde mi escondite podía ver como corrían aquellos ángeles de la muerte, que con inmensos colmillos y gritos delirantes se lanzaban dispuestos a comerse el corazón de los soldados, a rebanar las cabezas de los niños y a secuestrar a las beldades rezagadas.

En medio de esa inaudita catástrofe, una mujer pirata de belleza salvaje y bondadosa nos protegió, a mis tres hermanos y a mí, de la lava arrasadora de aquel tropel de pólvora y espadas. En la tarde, cuando había amainado el temporal de fuego, aquella princesa bestial nos mostró su cara más noble y amorosa. Nos dijo que podíamos caminar hacia la selva e intentar escapar de una amenaza de esclavitud perpetua, o irnos con ella a la isla más próspera del paraíso caribeño, donde su familia nos protegería y nos enseñaría a ser personas libres para siempre. Mis hermanos mayores desecharon la oferta de inmediato, pero mi hermana gemela, Delalba, me dijo que algo de la pirata le inspiraba confianza y que por qué no nos marchábamos con ella. “Peor que acá no vamos a estar”, dijo Delalba con aquella mirada de precocidad estoica que tenía, “y siempre he soñado con una isla luminosa donde una colorida familia nos adopta”. Así que esa noche nos marchamos.

Durante los siguientes años, aprendí las danzas de la defensa personal, la lucha cuerpo a cuerpo, la destreza con el cuchillo, el florete, la espada y la pistola; todo aquello combinado con las que serían las fuentes de mis más grandes fortalezas: la lectura, la escritura, la capacidad argumentativa y la facilidad para encontrar las palabras adecuadas para cada interlocutor; el uso de ganchos discursivos para detectar las cosas importantes de los otros, lo que le gusta oír a cada quien, los valores sagrados y los asuntos pueriles del universo de hombres con el poder de las armas, el dinero y la fe.

Hoy, a mis ochenta y tres años, en pleno dominio de mis facultades mentales, escribo como un tributo a la suerte y al cariño de mis protectores, de quienes me revelaron una bondad íntima y secreta, de las mujeres que me enseñaron cómo lo delicado otorga fortaleza, que me brindaron la posibilidad de entender que son los débiles los que se vanaglorian de triunfos y poderes, que son los inseguros los que hablan más fuerte y disfrutan infligiendo dolor.

Hoy, en el reposo de una felicidad asediada por diminutas tragedias cotidianas, por la gula de dichas y placeres, por las irregularidades, miserias y alegrías de la normalidad, hoy, después de muchas guerras y bautizos, después de incontables agonías y renacimientos, en el recogimiento de una pequeña sala, iluminada por libros y mi pluma y este rayo de vela que no cesa, hoy, en compañía de mi esposa Mia y en la serenidad de esta mesa, quiero dejar escrito lo que fueron las simples reglas de aquella sociedad de hombres libres que existió en los barcos de los piratas más temidos del Caribe.

Las naves, fragatas o bergantines eran para los piratas algo semejante a lo que hoy llamamos Estados o naciones. Por ello, uno de los desafíos políticos más importantes de nosotros, como filibusteros, era lograr tener un liderazgo que diera las órdenes y nos dirigiera en batallas y abordajes, con una sola voz, con criterio estratégico para el combate y vocación de victoria y, al mismo tiempo, lograr establecer unas instituciones que impidieran que este líder, el Capitán, sometiera o esquilmara a su tripulación, es decir, a todos los que éramos ciudadanos de aquella patria nómada, cuya bandera negra contenía los símbolos del terror: una calavera y un par de tibias que ondeaban en el mástil mayor.

La primera regla institucional establecía que la tripulación elegiría con el voto de cada pirata (un hombre, un voto) a uno de ellos como el Capitán, pero, al mismo tiempo, se instituía que la tripulación también podía revocar el mandato del Capitán, si éste incumplía sus deberes, mostraba poca destreza en la batalla o tomaba para sí, de manera unilateral o secreta, una porción arbitraria del botín o de las provisiones.

Con la institución de la elección y revocación democrática del Capitán, los piratas encontramos una manera de crear incentivos políticos virtuosos para responder a la necesidad de liderazgo y de alinear al líder con los intereses de la mayoría.

La segunda institución clave de los piratas, para soportar nuestra sociedad de hombres libres, fue la creación de la figura del Intendente. Además de elegir democráticamente al Capitán, los piratas elegían al Intendente, cuya función era la de administrar las provisiones, supervisar la cocina y garantizar la distribución equitativa de alimentos, enseres y botines, y administrar justicia fuera de las batallas. Esta figura implicaba la separación del poder político en diferentes personas, elegidas democráticamente, con el objetivo de prevenir las conductas predatorias por parte del Capitán. Esta sabia regla de separación de poderes perseguía lograr que cada uno de los poderes del barco se supervisaran y limitaran mutuamente.

Estas instituciones, que yo pude atestiguar durante todos los años de mi vida en barcos y en refugios, fueron la base de nuestra grotesca libertad, de nuestra infinita vocación de justicia social al interior de nuestras naves, en lo profundo de nuestras sórdidas y aventureras sociedades del mar y de la furia.

Hoy, al final de mi vida, estoy seguro que estos inventos de un puñado de forajidos contribuirán a la creación de sociedades donde las personas puedan convivir con justicia y paz entre diversos. Es este el objetivo que me guía a dejar este testimonio, a dejar constancia de que al lado del terror, de las amenazas para los transeúntes, de la disposición al saqueo y todo el ánimo criminal (o quizá precisamente por esto), también supimos crear reglas que limitaron las ansias de opresión y la vocación autoritaria de nuestros dirigentes.

Antigua, Navidad de 1738.


Nota del editor: Este testimonio es una versión libre de los fundamentos de la democracia de los piratas, que Peter T. Leeson dibuja en el capítulo 2 de su libro “The Invisible Hook. The Hidden Economics of Pirates“.

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