Los electores que quieren comprar “un estilo”

Foto: Raquel Baranow

Ha comenzado la era de Trump y con esta ha comenzado el show. Muchas personas están sorprendidas, impactadas o indignadas. Pero una muchedumbre silenciosa está teniendo lo que quería. Nos guste o no, el hombre está ejecutando lo que anunció y lo que le compraron. Es cierto que apenas han transcurrido unas horas, que aún hay esperanzas de moderación, pero las primeras señales son fieles a las promesas y las esperanzas de moderación pronto serán cenizas, nada, vacío.

El peligro que se cierne, o se materializa, sobre la humanidad, consiste en que estamos asistiendo al fin de la verdad, al fin de los programas políticos basados en contenidos y en conexiones de medios y fines. En este minuto, muchos electores quieren comprar un estilo, una forma, un show, un tipo pendenciero, arrojado, “valiente”; esto parece ser lo que realmente les seduce. Y lo peor, es que son muchos los que quieren esto, pero lo disimulan, los “electores de clóset”, los que secretamente siempre quisieron subir a la tarima al personaje y hoy celebran el show.

En cierto sentido, es también el fin de una manera de entender las ideologías. Por ejemplo, en el caso de Trump, son muchos los que siempre se han sentido de derecha, los que hasta hace tres días defendían la libre competencia, la libertad de empresa y todo aquel rosario doctrinal, y hoy, sin siquiera notar alguna inconsistencia, apoyan la vuelta al mercantilismo proteccionista, la desfachatez de proteger los intereses de algunas empresas por sobre la filosofía competitiva del capitalismo de mercado.

Puede entenderse que todo esto ocurra en el ámbito de los electores poco educados, aquellos que fueron dejados atrás por el tren del progreso prometido por la globalización. Sin duda hay una deuda de los intelectuales, de los diseñadores de políticas y de los hacedores con esas masas depauperadas y resentidas. Pero esa es otra discusión, diferente de lo que quiero enfatizar acá. Acá quiero referirme a un segmento de personas educadas, que entienden de estadísticas y de bisutería intelectual, pero que les atraen los tipos audaces, los fanfarrones que se disfrazan de irreverentes, los que venden una supuesta valentía de micrófono y de entretenedores de muchedumbres. Hay un segmento electoral, no menor, a los que les seducen estos tipos. Así ocurrió con Chávez y ahora ocurre con Trump. A estos tipos los votan no sólo las mayorías excluidas, sino también una fracción de las élites, de los privilegiados. Y en muchos casos esta fracción es quien inclina la balanza.

Esta fracción de los electores representa a los compradores más irresponsables del show populista y de programas que ofrecen, impúdicamente, un divorcio elocuente entre políticas y objetivos. Un ejemplo reciente ayuda a ilustrar este divorcio.

El 27 de enero de 2016, el presidente Trump firmó una orden ejecutiva que prohíbe entrar o retornar a los EEUU a ciudadanos de siete países, mayoritariamente musulmanes, de los cuales provino el 82% de los refugiados musulmanes que arribaron a los EEUU en 2016. El principal argumento detrás de esta orden fue que este bloqueo evitaría la entrada de terroristas islámicos radicales a suelo estadounidense. “No los queremos acá”, señaló Mr. Trump al tiempo que añadía que “queremos asegurarnos de que no estamos admitiendo en nuestro país a las mismas amenazas que nuestros soldados están enfrentando en el extranjero”. Como señaló un día después el semanario The Economist, “si este es el objetivo, entonces la orden es una tontería”. De acuerdo a este semanario, no ha habido en los últimos 40 años un simple ataque terrorista en los EEUU, que haya sido realizado por nacionales de ninguno de los siete países cuyos ciudadanos han sido migratoriamente vetados (el ataque a las torres gemelas, de 2001, fue ejecutado por ciudadanos de Egipto, Emiratos Árabes Unidos, El Líbano y Arabia Saudita, y ninguno de estos países están entre los vetados). Para ir más lejos, se cita un estudio de Alex Nowrasteh, realizado para el Cato Institute, en el que se calcula que la probabilidad de que un estadounidense sea asesinado en un ataque terrorista, llevado a cabo por un refugiado, es de 1 en 3,6 mil millones.

Pero nada de esto importa a los electores sofisticados que se desviven por un hombre fuerte, por un tipo que ejerce el poder blandiendo un sable, por alguien que avanza sin importar hacia dónde. Estos electores, aun en la frágil seguridad de su clóset, deben saber que les corresponde una cuota de responsabilidad no despreciable de la tragedia que se avecina.


 

 

 

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