Mi primer reporte

Foto: Dick Uhne

Autor: Pavel Gómez

Este es mi primer reporte formal. Mi intención es preparar a las generaciones venideras contra las principales amenazas de nuestro tiempo. El riesgo no es menor. Ustedes, allá afuera, saben de las inclemencias que sufren las nuevas generaciones. Pero yo necesito sacar mi versión. Si no lo hago, la angustia terminará por derrotarme aun antes de mi salida. Por eso me he propuesto contar mi pequeña historia, el canto mínimo de mis días, el reporte de las primitivas emociones que he aprendido a reconocer en la convivencia con el otro.

Desde mi encierro puedo oír conversaciones alteradas, bocinas histéricas, gritos y reprimendas. También escucho el zumbido de eso que llaman la tele. Allí se habla constantemente de los problemas que más me aquejan: la falta de espacio, el no poder ver todo lo que oigo, la disputa por los pocos alimentos, el sometimiento del más fuerte, los codazos y las patadas… pero también de la calidad del poco oxígeno que me llega, de ese halo ácido que de pronto me asfixia, de esa extraña sensación de las mañanas en que quiero toser y no puedo.

Gracias a lo que he escuchado en la tele, desde mis primeros días en este encierro, he podido traducir mis problemas en un discurso estructurado. He aprendido los términos que describen el sufrimiento, he descubierto las palabras que le ponen nombre al dolor, he codificado los signos y el alfabeto para pasar del quejido al lenguaje, pero sobre todo, para poder alertar a los que vienen. Aunque ahora no puedo hablar ni escribir, me he propuesto utilizar el tiempo que me queda de encierro para organizar estas ideas en mi cabeza, darle cuerpo a una narrativa y alcanzar una primera clasificación. Pienso que entre todas las cosas que se juntan en este mundo, al que siento que vengo llegando, entre todos los riesgos, hay que separar lo más apremiante de lo accesorio.

Por ello, en un principio, quiero referirme a las angustias de mi vida. Para mí estas toman dos formas: el bullying y la polución. Ustedes pensarán que estos dos términos son muy rebuscados para alguien de mi edad, pero los he aprehendido de la tele. Al primero le dedicaron casi toda una mañana. Hablaron expertos y víctimas. Desde entonces me sentí reflejado. Del segundo término he aprendido que identifica a los gases que, cada cierto tiempo, me producen mucha incomodidad.

Yo comparto este vientre con un tipo que parece un caballo. Salta y da patadas todo el día. Mi madre se refiere a él como mi hermano, pero yo lo siento como el tipo que me roba el oxígeno, que se chupa la mayoría de los nutrientes, que me tiene arrinconado en el último resquicio de esta bolsa que los médicos llaman la placenta. Así he conocido el bullying desde antes de salir a la luz. Si allá afuera están tratando de controlarlo, en los colegios y parques infantiles, más les vale a los padres que hagan algo con los hermanos gemelos. Acá no hay moderadores ni reglas contra el sometimiento. Acá, simplemente, el más fuerte crece a expensas tuyas.

Por otro lado, siento que cada día me contamino más. El oxígeno que me llega contiene trazas de metales y sustancias que no son precisamente saludables. También los alimentos. Aunque mi casera los filtra, siento algo en la sangre que arde, que es corrosivo. Y además, están esos que en la televisión que escucha mi casera llaman microbios. Pero hay algo que es un poco complicado sobre esto último: según decía alguien allá afuera, lo contaminado es más fuerte que lo puro; lo que es un poco sucio es más fuerte que lo que es demasiado limpio. Esto de verdad que es complicado.

Si sigo pensando en estas cosas, aun antes de salir de esta cápsula, creo que voy a ser un poco loco. Pero de eso también se trata. Ser un poco loco es mejor que ser absolutamente cuerdo.

Una vez que he llegado a esta conclusión me he tranquilizado. Resulta que la lucha con el otro, con el que comparto esta cápsula me hará más fuerte. Desde antes de salir he tenido que disputarle los nutrientes, el espacio, el oxígeno. Y todo eso me ha preparado para el mundo que me espera al salir. Por otro lado, la contaminación, la suciedad, las bacterias, me harán más fuerte, más resistente; mejorarán eso que alguien allá afuera llamó “el sistema inmunológico”. Y, finalmente, pensar en todo esto, el sufrimiento, la angustia y el terror, las complicaciones de la mente, también me harán más fuerte. Como les dije antes, estar un poco loco me hará mejor que ser demasiado cuerdo.

Ahora dejaré de hablarles acerca de todo esto durante un buen rato, porque ya es hora de chuparme el dedo pulgar y dormirme y disfrutar a mi vecino porque hace mucho frío.

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