Poesía y productividad laboral

Foto: c.art

Aunque para algunos poetas el título de esta nota sea una contradicción, lo cierto es que no lo es, al menos en el sentido de la argumentación de las próximas líneas.

Leer poesía nos hace más productivos, aun en tareas que pudieran distar mucho de la mirada poética. En apariencia, claro. La mirada poética puede estar presente en los oficios más fríos, analíticos o mecánicos. Cuánta poesía hay en la disección de un cirujano, en los planos de un arquitecto, en los cálculos de un ingeniero y, quizá forzando un poco la imagen, en los dictámenes de un abogado.

Hace unos días pude saborear de nuevo esta posibilidad. Una mañana de un jueves cualquiera, cuando el frío regresaba reclamando mis huesos, a las nueve y treinta minutos puntuales, debía dar una clase de teoría de juegos y microeconomía. A las ocho y diez minutos de aquella mañana, leía yo algunos poemas de María Calcaño (Maracaibo, 1906), como quien pierde el tiempo:

Carne

“Carne…,

difunde el aliento

de tu pecado más hermoso

tú eres como un jardín.

 

Vacíate

en el que quiebra

el tapiz de oro de tus vellos.

Dócil

como las criaturas que esperan a Dios.

 

Prende

como rosas desnudas

las cien cabelleras desordenadas.

 

Carne… Carne mía!,

intensamente llama,

intranquila, poseedora:

abre!,

tú eres como un jardín.”

 

Y entonces me fui hacia el aula, y ese día no usé el power point, ni el control remoto, sino que bailé con las palabras y logré comunicar, con palabras sencillas y poderosas imágenes, el áspero concreto de unas matemáticas y un concepto de nombre rebuscado: el Equilibrio-perfecto en subjuegos.

Quizá a usted le sirva esta receta.

Léase unos poemas, de Fernando Pessoa, o de Gioconda Belli, o de Rafael Cadenas y tome su bisturí, o su código de procedimiento civil, o su sesión de coaching, e invoque las palabras precisas, las metáforas virtuosas, la comunicación más atinada.

Haga la prueba, que no pierde nada.


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