¿Por qué el fanatismo político es tan duro de roer?

Foto: Antonio (arcketipo)

A los 22 años, Nadine era burlona, tierna, graciosa. Se movía con innata elegancia: cultivaba un humor inteligente, preciso, nada empalagoso, con gestos de sobria bailarina. Nadine podía hablarte de música y de poesía toda la noche. No tenías que esforzarte para que te gustase. A sus 27 años, descubrimos, que Nadine se había adherido a la religión del comunismo. En ocasiones, sobrevivía su carácter juguetón, su inteligencia encantadora y cordial, su proverbial calidez. En otras circunstancias, si se tocaban las teclas neurálgicas de la discusión política, todo el encanto, toda la chispa, todo el humor de Nadine podían terminar encallados en los pantanos del fanatismo.

Pero entonces la revolución era un acontecer lejano: la fábula romántica de tomar el cielo por asalto, la épica literaria de la heroicidad contra la opresión. Varias décadas después, la revolución es un lamento que rumia en una ruina, un ejército de niños que hurga en la basura, una delgadez anémica, una tristeza para salir corriendo.

Las características económicas más comunes de los países que han navegado hacia las aguas del socialismo radical son la depauperación de la industria nacional, la escasez de productos básicos, la enorme proporción del tiempo de las personas que debe ser usado para la adquisición de alimentos y enseres, y la precarización transversal de la vida. Esto ha sido así, en la extinta URSS, en la China de Mao, en Cuba, en Corea del Norte, en el Chile de Allende y, más recientemente, en Venezuela.

La lógica económica de esto es muy simple y ha sido harto documentada. Si el gobierno fija los precios de los productos, decreta la expropiación de unas empresas y amenaza a las sobrevivientes, entonces la inversión se reducirá a un mínimo. Sin inversión no hay producción y sin producción solo habrá escasez, colas y listas de espera.

Pero para Nadine, y sus acólitos, el socialismo radical es todo un éxito, un sueño realizado, un triunfo despojado por una conspiración. Ni la evidencia, ni los estudios académicos, ni los datos estadísticos, ni los testimonios de quienes sufren o han huido, nada de esto es suficiente para socavar su creencia.

Pero los dogmas políticos no son patrimonio exclusivo de la izquierda. La derecha también está plagada de dogmas de fe, de creencias divorciadas del conocimiento académico y de las estadísticas, de verdades reveladas que no admiten disensos. Ejemplos abundan: “la inmigración es responsable del desempleo, la inseguridad o el terrorismo”, “los pobres son pobres simplemente porque no se esfuerzan”, “la desigualdad es solo un reflejo de diferencias en esfuerzo, no de desigualdad de oportunidades”, o “es sano que la política esté fundada en la religión”. Nadine, por supuesto, tiene sus antípodas, sus equivalentes dogmáticos en la derecha, algo que pareciera tener la simetría de un test de Rorschach.

El denominador común entre ambos dogmatismos es la resistencia a los argumentos y a toda aquella evidencia que socave las bases del dogma. Aun hoy, en pleno siglo XXI, hay quienes niegan la teoría de la evolución (prefiriendo el creacionismo), o dicen que no hay tal cambio climático, o incluso niegan que haya ocurrido el holocausto.

En muchos casos, el dogma puede ser benigno. Pero en decisiones de políticas públicas las consecuencias del dogmatismo pueden ser mortales, catastróficas, devastadoras. Ya lo sabíamos, en relación con el socialismo estatista, pero ahora comenzaremos a saberlo en relación con el dominio del populismo de derecha.

La cruzada contra los inmigrantes, el regreso al proteccionismo, el crepitar de los nacionalismos más extremos, la búsqueda de la pureza racial o étnica, el desprecio por el saber académico y los juicios expertos, todo esto, parece inaugurar un nuevo oscurantismo. Por ello, hoy vuelve a ser urgente comprender las bases psicológicas y neuroquímicas del fanatismo, del anclaje de ciertos políticos y muchos electores en los puertos de las ideas equivocadas, en falsas maniobras, en políticas cuyos resultados prácticos distan de los atribuidos.

Hace unos días, la periodista Elizabeth Kolbert escribió un excelente sumario sobre esto para la revista The New Yorker, titulado “Por qué los hechos no cambian nuestra mente. Nuevos descubrimientos sobre la mente humana muestran los límites de la razón”. [1] Preguntándose sobre la resistencia fanática a los argumentos, Kolbert encuentra respuestas clave en los trabajos académicos de psicólogos, investigadores de la ciencia cognitiva, psiquiatras y especialistas en salud pública. Veamos una síntesis de estas.

La preferencia por la confirmación

El primer conjunto de argumentos para explicar nuestra resistencia a las ideas que contradigan nuestras creencias, proviene de los estudios de Hugo Mercier, profesor de la Universidad de Pennsylvania, y Dan Sperber, investigador de la Central European University (Budapest). Estos investigadores proponen la hipótesis de que la función del razonamiento no es mejorar el conocimiento ni tomar mejores decisiones, sino crear y evaluar argumentos orientados a persuadir. Para ello, la evolución nos empuja a ser “argumentadores habilidosos”. Y la meta de los argumentadores habilidosos no es encontrar la verdad, sino encontrar argumentos que soporten sus puntos de vista (y, por supuesto, despreciar, usando hasta la burla, los argumentos en contrario).[2]

Piense en políticos como Hugo Chávez o Donald Trump, revise sus discursos, y rápidamente comprenderá la fortaleza de la hipótesis de Mercier y Sperber. “El razonamiento usado proactivamente favorece las decisiones que son fáciles de justificar, pero no necesariamente las mejores”, señalan estos autores.

La ilusión de cuánto sabemos

El segundo bloque de explicaciones, se basa en los trabajos de un equipo de investigadores encabezado por Philip Fernbach, de la Universidad de Colorado. Fernbach y su equipo estudiaron cuál es el grado de conocimiento de las personas que adoptan actitudes políticas extremas en temas complejos de políticas públicas, sobre las verdaderas consecuencias de tales políticas públicas. La hipótesis central de su trabajo es que las personas típicamente tienen menos conocimiento sobre los efectos de estas políticas, de lo que ellos piensan que realmente saben. Esta hipótesis, Fernbach y su equipo la denominan “la ilusión de la profundidad explicativa”. [3]

Imagine el caso de un complejo problema social, tal como la inseguridad personal asociada con la criminalidad. Por su naturaleza, este problema requiere de soluciones complejas de políticas públicas. Pero resulta que, a menudo, los votantes muestran preferencias políticas polarizadas sobre las mejores respuestas a este tema. Algunos ciudadanos piensan que una reducción significativa de la criminalidad solo es posible con un cambio de sistema económico (e.g. sustituir el capitalismo por el socialismo) y un correspondiente cambio cultural profundo (e.g. cambio de valores mediante la educación moral y cívica). Este es un típico argumento de extrema izquierda. Otros electores, han comprado la idea de que la solución a la criminalidad consiste en detener la inmigración (e.g., bloqueando la entrada a un país de inmigrantes de determinado origen étnico o religioso) y en expulsar a los inmigrantes que se encuentre en situación de ilegalidad.

Según la hipótesis de Fernbach y su equipo, quienes apoyan una u otra política pública extrema para enfrentar la criminalidad conocen menos sobre los efectos de estas políticas que lo que ellos creen que saben. Por supuesto, esto tiene delicadas implicaciones prácticas, como el mundo está atestiguando contemporáneamente. Pero lo que resulta más aterrador, es que hay una serie de mecanismos psicológicos que hacen de la polarización un proceso auto-reforzado: 1) la gente no está consciente de su propia ignorancia; 2) las personas buscan información que refuerza sus actuales preferencias; 3) procesan nueva información de una manera sesgada, lo cual refuerza sus actuales preferencias; 4) se afilian con otras personas que comparten sus preferencias; y 5) asumen que las visiones de los demás son tan extremistas como las suyas.

El placer de la confirmación

El último tipo de argumentos sintetizado por Kolbert se basa en un libro escrito por Sara Gorman, especialista en salud pública y su padre, Jack Gorman, quien fue miembro del departamento de psiquiatría de Columbia University por 25 años. Estos autores estudian los factores que explican la persistencia de creencias que tienen efectos sociales negativos, tales como la creencia de que las vacunas son perjudiciales y que, por tanto, no debería vacunarse a los niños contra enfermedades como la poliomielitis.

Uno de los argumentos clave de los Gorman es que las personas experimentan una subida de placer cuando procesan información que soporta sus creencias, y esto se deriva de una oleada de dopamina que inunda el torrente sanguíneo cuando esta confirmación ocurre.[4]

Conclusiones

Todos los estudios citados concluyen que hay razones de adaptación evolutiva primaria que explicarían la propensión humana al dogmatismo. La mayoría de estas explicaciones convergen en la herencia de la tribu, en nuestra programación para vivir en tribus, cooperar a su interior y antagonizar con los miembros de otras tribus. Las consecuencias de los riesgos de ser engañados por extraños,nos programó para refugiaros en las creencias del grupo, nos inoculó cierta resistencia a nuevas y externas ideas.

El problema es que, como señalan Mercier y Sperber, la herencia de la tribu se mantiene viva aunque hoy sus desventajas puedan ser mayores que sus beneficios. “El ambiente cambia tan rápido, que la selección natural no ha tenido tiempo de operar”. En otras palabras, parece que aún respondemos con herramientas de la edad de piedra a problemas del siglo XXI. Y en materia de decisiones políticas, los peligros de esta incongruencia son hoy demasiado grandes.

Quizá tenía razón Bertrand Russell cuando señaló: “Las opiniones que son mantenidas con pasión son siempre aquellas para las que no existe una buena base” (1928)


 Notas:

[1]. February 27, 2017, Issue.

[2]. Mercier, H. y D. Sperber. (2011).  “Why do humans reason? Arguments for an argumentative theory”, Behavioral and brain sciences, N° 34.

[3]. Fernbach, P., T. Rogers, C. Fox, y S. Sloman. (2013). “Political Extremism Is Supported by an Illusion of Understanding”, Psychological Science, N° 24, Issue 6.

[4]. Gorman, S. y J. M. Gorman. (2016). “Denying to the grave: Why we ignore the facts that will save us”, Oxford: Oxford University Press.

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