¿Por qué Emmanuel Macron es la esperanza ante Le Pen y ante el futuro?

Foto: OFFICIAL LEWEB PHOTOS

A sus 39 años, Emmanuel Macron es quizás el candidato más joven que ha aspirado a la presidencia de Francia. A un mes de las elecciones francesas de abril de 2017, Macron se dibuja como el más fuerte contendor de la candidata populista Marine Le Pen.  Cuenta la leyenda que a los 15 años Emmanuel Macron era un despierto estudiante de un colegio francés de jesuitas, llamado La Providence, y un lector empedernido que había desarrollado una incisiva capacidad para elaborar las redes de la argumentación. Uno de sus cursos preferidos era el de literatura francesa, con cuya profesora solía entablar estridentes y prolongados debates. Poco antes de cumplir los 30 años, Macron se casó con aquella profesora, Brigitte Trogneux, quien es 24 años mayor que él. No extraña que esto sea lo que más se comenta en las redes sociales sobre Emmanuel Macron.

Pero, lo que es realmente sustancioso, en lo que vale la pena detenerse es en Emmanuel Macron como fenómeno electoral, y en las implicaciones de su proyecto político para el futuro de Francia, de la Europa del Sur y de las ideas progresistas. Entre 2006 y 2009, Macron fue un militante activo del Partido Socialista francés, entre 2012 y 2014 fue un miembro clave del staff del primer gobierno del Presidente Hollande, y entre 2015 y 2016 fue Ministro de Economía de su segundo gobierno. A finales de agosto de 2016 presentó su renuncia al gobierno de Hollande para dedicarse a organizar su propio movimiento político, y en el noviembre siguiente anunció su candidatura a la presidencia del país galo.

El 20 de marzo  de 2017, justo después del primer debate protagonizado por los cuatro candidatos a la presidencia,  Emmanuel Macron ha alcanzado un 25,1% de las preferencias de los encuestados, apenas 1,3 puntos porcentuales por debajo de Marine Le Pen (26,4%), quien encabeza las preferencias electorales. Si la distribución de los votos de la primera ronda electoral fuese consistente con esta encuesta, Emmanuel Macron será el contendor de Marine Le Pen, en la segunda ronda que se realizará el próximo 7 de mayo.

Las crisis del proyecto socialdemócrata

Durante buena parte del siglo XX, y en la primera década del XXI, el espectro político de la mayoría de los países occidentales estuvo dominado por dos grandes fuerzas: la democracia cristiana, en la centro-derecha, y la socialdemocracia, en la centro-izquierda. El proyecto socialdemócrata se consolidó como una alternativa al socialismo revolucionario, a partir de la idea de que era posible “empujar” al capitalismo hacia un estadio de solidaridad, distribución equitativa del ingreso y limitaciones a los privilegios de las minorías.

En sus orígenes, un objetivo central de la socialdemocracia era transitar desde el capitalismo hacia el socialismo de manera gradual, sin los choques y traumas de la violencia revolucionaria. El proyecto socialdemócrata se erigió sobre una concepción política que supone la existencia de una tensión antagónica (y hasta cierto punto irresoluble) entre los intereses del trabajo y del capital. Esta visión es lo que en la teoría de juegos se conoce como un juego suma-cero, en el cual hay dos partes y lo que gana una de estas partes proviene o equivale a lo que pierde la otra parte. A partir de esta concepción decimonónica, la socialdemocracia tejió sus principales redes de apoyo en el mundo sindical y en las organizaciones campesinas, bajo una concepción “laborista” de su proyecto político.

En el plano económico, el proyecto socialdemócrata implicó una fuerte intervención del Estado en la economía, no sólo como coordinador o facilitador de procesos, sino como proveedor directo de un sin número de bienes no-públicos, y como un empleador importante en el balance de empleo de toda la economía. Desde el punto de vista empresarial, la socialdemocracia se arrogó una visión nacionalista, bajo la idea de que había que favorecer a la empresa nacional frente a las transnacionales, las cuales eran vistas como los vehículos del “imperialismo empresarial” (si es que esto último no resultaba redundante).

Los problemas del modelo socialdemócrata comienzan a hacerse visibles y globales quizás desde la década de 1970. El problema central de este modelo (que ocurrió de manera aún más desgarradora con el proyecto socialista radical) emerge de los incentivos perversos que se alimentan y de las manifestaciones políticas y económicas de estos incentivos.

En el plano político, la hipertrofia del aparato estatal, en su proclividad a exacerbar la asignación de oportunidades por vías administrativas, y en su condición de productor directo de bienes y servicios, genera una multiplicidad de incentivos para que los funcionarios del Estado detecten maneras de capturar rentas derivadas de su poder de decisión y asignación de oportunidades. Esta fue la matriz de la corrupción y de las presiones para la extensión continua de las facultades administrativas de los funcionarios y para el crecimiento del número de éstos, como una manera perversa de distribución del ingreso.

En el plano económico, la introducción de criterios políticos en la producción de bienes y servicios, y la dirección de empresas públicas por parte de burócratas, derivó en brutales caídas de la productividad, en costos de producción ineficientemente altos y en la necesidad de un flujo creciente de subsidios y coberturas de pérdidas con cargo a la tributación.

En el ámbito social, el mantenimiento de subsidios masivos directos e indirectos, creó incentivos para desplazar la dedicación productiva de las personas y optar por la explotación de las oportunidades de “vivir” de las transferencias de manera permanente.

No es de extrañar que la mezcla de todo esto se tradujera en una suerte de bomba de tiempo, en la cual se completa un círculo vicioso de baja productividad y creciente necesidad de inyección de fondos públicos tanto en la ámbito empresarial como en el de atención social. El efecto inmediato es entonces el crecimiento de grandes déficits fiscales (el gobierno gasta más de lo que recauda), el financiamiento de estos déficits con dinero inorgánico (la baja productividad implica que decaen los flujos de recaudación tributaria) y la alimentación de espirales inflacionarias debidas a que se alimenta una demanda de bienes y servicios con dinero inorgánico, la cual por ende no tiene una contrapartida en la producción o la oferta.

La mezcla de corrupción exacerbada, reducciones brutales de la productividad empresarial  e incentivos para que las personas inviertan menos en educación para el trabajo y se dediquen a “pescar” subsidios y transferencias públicas, en un ambiente de presiones inflacionarias, todo esto, fue la pólvora que hizo colapsar el proyecto socialdemócrata original.

Esta primera gran crisis del proyecto socialdemócrata se hace notoria en los años 1980s, cuando el péndulo electoral se inclina en sentido político opuesto y se abre paso a las reformas “neoliberales” impulsadas inicialmente por Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Su desplazamiento político y la catástrofe económica de su proyecto crean las bases para un replanteamiento del proyecto socialdemócrata, el cual se expresó en la propuesta de la “tercera vía”, cuya cabeza más visible fue el británico Tony Blair.

La tercera vía se manifestó en un viraje ideológico de la concepción económica de un sector de la socialdemocracia, el cual se tradujo en el reconocimiento de la función de los incentivos creados por los mercados competitivos para alimentar la productividad y la eficiencia , y en la autocrítica sobre la inoperancia de un Estado sobredimensionado. Esto de alguna manera funcionó y trajo cierto “revival” a la socialdemocracia, pero también trajo el germen de una segunda y actual gran crisis: el proyecto socialdemócrata se desdibujó.

Este viraje fue difícil de digerir para el “alma” y las bases socialdemócratas: se diferenciaba poco del proyecto de las ideas de la centro-derecha, perdía autenticidad y suponía una suerte de traición, al venderse políticamente una propuesta económica de apariencia centro-derechista por parte de unos partidos cuyos correajes organizacionales y sus imbricaciones sociales eran “laboristas”.

Frente a las tensiones internas, la socialdemocracia se refugia en la defensa de posturas valóricas atractivas para cierta élite intelectual (cuyos ejes son la protección ambiental, la libertad personal de elegir en temas sexuales y reproductivos, la defensa de la globalización y de la libre movilidad de personas), pero que resuenan poco en las bases trabajadoras cuyos empleos fueron desplazados por China y otros proveedores de mano de obra barata. El principal efecto de esto fue el desangramiento de los partidos socialdemócratas hacia la izquierda radical (en el caso de los creyentes en el antagonismo irresoluble del capital y el trabajo) y hacia la extrema derecha (en el caso de los que se resienten de las pérdidas sufridas como consecuencia de la globalización y del trato “preferencial” a los inmigrantes).

Esta debacle contemporánea se expresa en el triunfo del Brexit, la derrota del Partido Demócrata estadounidense, la captura de parte de la base del PSOE por parte de Podemos en España, el fortalecimiento del populismo de derecha en Italia, la reciente gran merma parlamentaria sufrida por la socialdemocracia holandesa y el rezago del Partido Socialista francés, de cara a las elecciones de los primeros días de abril.

Macron y la emergencia de un proyecto “liberal de izquierda”

Frente a la debacle socialdemócrata, mi esperanza se centra en el surgimiento de una propuesta política que podríamos llamar “liberal de izquierda”, siempre que estos dos términos no resulten contradictorios. Si quisiéramos forzar una metáfora geográfica, pudiéramos decir que el proyecto liberal de izquierda se parece al actual modelo de los países nórdicos (que es diferente de lo que fue en el siglo XX).

Noruega, Dinamarca, Suecia y Finlandia encarnan hoy lo que yo llamo el proyecto Liberal de Izquierda. Estos cuatro países combinan buena parte de lo que me parece deseable política, social y económicamente:

  • Un énfasis cada vez más eficiente (y virtuoso desde el punto de vista de los incentivos económicos) en la atención de necesidades sociales, usando el mercado siempre que sea posible, con los gobiernos en roles de  facilitadores y creadores de bienes públicos de calidad;
  • Una reducción importante del peso del Estado en la economía (en comparación a los niveles que alcanzaron en el pasado), con grados relevantes de transparencia y uso de tecnología para acercar la gestión pública al ciudadano;
  • Un grado importante de flexibilización del mercado laboral, pero con protecciones virtuosas para los empleados desplazados, con énfasis en educación, capacitación y apoyos condicionados a la reinserción (lo que en inglés ha sido denominado “flexicurity“), bajo el cual se ha reducido el costo de despido para las empresas pero el Estado se hace cargo de entrenar a los desempleados;
  • Una inclinación valórica hacia la libertad personal de elegir en materias sexuales, reproductivas, con Estados laicos y tolerantes desde el punto de vista político; y
  • Con facilidades para que germine un tejido empresarial innovador y globalmente competitivo.

Si uno analiza las propuestas programáticas de Emmanuel Macron, de cara a las próximas elecciones francesas, podríamos decir que está ofreciendo algo muy parecido al modelo nórdico actual, o a lo que yo he denominado el modelo “Liberal de Izquierda”. Estas ideas programáticas gravitan alrededor de los siguientes elementos:

  • Reducir el impuesto a las ganancias empresariales, desde el actual 33,3% a un 25%;
  • Reducir el gasto público desde 55% a 52% del PIB;
  • Mantener el déficit fiscal por debajo del 3%, en línea con los requerimientos de la Unión Europea;
  • Un plan de inversiones de 53 millardos de dólares, en un horizonte de cinco años, destinado a promover energías renovables, mejorar la agricultura, incrementar el entrenamiento de los desempleados y elevar la innovación médica;
  • Eliminar las restricciones a los musulmanas sobre el uso de velos en escuelas y universidades; y
  • Promover la igualdad de oportunidades para ambos géneros.

Es un plan en cierto sentido ecléctico, pero podríamos argumentar que tiene como supuestos básicos, en línea con el modelo nórdico, dos cosas que no tiene el proyecto estándar de la centro-derecha modernizadora:

  1. La asunción de que es necesario combinar la orientación a mercados competitivos, ligeros y fluidos con una potente y eficiente política social, no sólo por las externalidades negativas generadas por la pobreza y la marginalización, sino por la certeza de que el capitalismo, en su estado más puro, contiene mecanismos de perpetuación de la inequidad, juegos con desigualdad de oportunidades y trampas de pobreza, que atrapan a determinados sectores sociales de generación en generación; y
  2. Una clara orientación liberal y laica en temas valóricos, que reivindique los derechos de las mujeres sobre su cuerpo y sobre sus decisiones reproductivas, tolerancia y no discriminación en temas de preferencias sexuales, facilidades para el matrimonio entre personas del mismo sexo y su derecho a la adopción y una orientación a separar las cuestiones políticas de las preferencias religiosas, y un énfasis en la creación de confianza y solidaridad.

Yo espero que Macron pueda detener al avance populista de Le Pen, por una parte, y que inaugure un nuevo ciclo de desarrollo de un proyecto “Liberal de Izquierda”, que permita superar la debacle socialdemócrata sin entregar espacios a los populismos de izquierda o derecha.


 

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