¿Por qué escapé cuando escapé de Venezuela?

Foto: Erreache

Quizá sea porque estoy en la última bajada de este año, nadando en la nostalgia de diciembre, en la nostalgia de un país que era una fiesta, en la nostalgia de aquello que era despedir cada año con jolgorio. Quizá sea porque recién he cumplido un año más y he pasado a la segunda mitad del siglo de mi vida. Quizá sea porque las noticias de allá son una cuenta de desolación. Quizá sea por el respeto de los que quedaron como atrapados en un fango, unos por incautos y otros por medida decisión. Quizá sea por toda la memoria y el cariño que conservo. Quizá sea por toda la memoria y el cariño que perdí. Pero lo cierto es que hoy quiero contar por qué escapé cuando escapé de Venezuela, compartir mi versión, salirme del camino unos instantes y explicar mi desvío.

Corría el mes de septiembre de 2004 y yo regresaba feliz a mi país. Había estado cinco años fuera y aquello parecía demasiado. Necesitaba regresar a un lugar en el que no necesitara traductores, en el que entendiera los giros del lenguaje antes de que mis interlocutores terminaran las frases. Necesitaba volver al puerto de los símbolos compartidos, de las cadencias conocidas, del mar que había esculpido mis arrecifes y del aire que había peinado mis árboles sagrados. Era volver a ser el pez de mi agua.

Todo aquello coincidía con el boom petrolero, con la germinación de múltiples oportunidades. Traíamos a un hijo en el vientre y a un deseo que estallaba en los pulmones. Todo parecía esperanza, promesa creíble y posibilidades de incidir. Y, en efecto, hubo mucha alegría, amigos nuevos, estrechez con los viejos, ganancias cosechadas y fraternas tardes de poesía. A mí, que magnifico las delicias, sean breves o enjutas, todo aquello me parecía glorioso. Y glorioso fue mientras duró.

El año 2006 fue como un sunami de cosas buenas, familiar y profesionalmente. Había proyectos y aventuras, estudio y escritura. Pero también crecía cierta incomodidad con la política nacional. Yo buscaba un proyecto de país que me gustara, pero tal cosa no existía. El gobierno de Hugo Chávez comenzaba a revelar sus verdaderos planes y yo no encontraba nada en la acera contraria que me cautivara. Pero el mayor reclamo ni siquiera estaba dirigido a los jugadores políticos. Lo que secretamente me irritaba, o rumiaba dentro de mí, era la certeza de que aquello parecía gustarle a mucha gente. El problema no es que haya proyectos políticos que a uno le desagraden. El problema es que a mucha gente le gusten estos proyectos políticos. Y eso era lo que ocurría en Venezuela.

En los años 2005 y 2006 la oposición al proyecto chavista estaba perdida entre la antipolítica, la desesperanza y el oportunismo. Así, ocurrieron elecciones parlamentarias y presidenciales y lo que yo observaba se dividía entre unos creyentes en las promesas fatuas de un populista que era un gran estratega de corto plazo, pero un desorientado peligroso de largo plazo, y una oposición frívola y excluyente, que no alcanzaba a entender las dimensiones de la seducción ni las características del juego.

Así llegamos al año 2007, en el cual Hugo Chávez le quitó los últimos trapos al disfraz de su proyecto político y convocó a unas elecciones para someter a la voluntad popular un amplio y peligroso cambio constitucional. Por primera vez, después de muchos años y muchas elecciones, una mayoría se le plantó en frente y la propuesta chavista fue derrotada. Era la reinvindicación de la política, la vuelta a creer en las posibilidades de derrotar electoralmente a Chávez y su viraje radical. Pero entonces se reveló, también, el carácter dictatorial de su proyecto y la incapacidad del resto del país para frenar a los caballos de Atila. Aunque aquella propuesta chavista de cambio constitucional fue derrotada en las urnas, la voluntad popular fue por primera vez desconocida y la propuesta derrotada fue llevada adelante sin pudor y sin freno: el país soportó, pasiva y lastimosamente, que se ejecutaran los cambios que los electores habían denegado.

Esa fue la primera señal de alarma.

La segunda señal de peligro sobrevino un año después, cuando la oposición ganó un conjunto de alcaldías y gobernaciones, y la respuesta chavista fue vaciar a esas alcaldías y gobernaciones de la mayoría de sus competencias y prerrogativas legales. Allí terminó de desnudarse la dictadura, allí se reveló la impotencia de la oposición política, allí decidí abandonar el país.

El 5 de julio de 2010, pisé por última vez suelo venezolano y desde entonces no he regresado. Al principio era el dolor y la rabia del emigrante. Hoy es la nostalgia y el vano recuerdo del apátrida.

Yo no estoy preparado para vivir en una dictadura. Solo entiendo de luchas o de exilio. Yo escogí el exilio porque no vi horizonte, ni estrategia, ni compañeros, ni un proyecto para la lucha. Respeto profundamente a quien escogió quedarse y permanece luchando en alguna trinchera. Yo hubiera enfermado de impotencia o me hubiese detonado de desesperación. No estoy preparado para vivir en dictadura. Pienso que uno no puede aceptar vivir en dictadura. No existe paz en dictadura. Solo servilismo, miedo y culto a la autoridad. Ya sé que es mi dolor y no pido financiamiento de nadie para este.


 

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