¿Por qué ganó Donald Trump?

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Llegó el día y nos dejó su peor expectativa. Donald Trump es el 45° presidente de los EEUU. La posibilidad se vistió de presencia, de premio, de triunfo de la arrogancia sobre la vacuidad. Es un hecho: a las 8:47 a.m. del día siguiente a la elección, hora de Washington,  Trump acumulaba 290 votos electorales, veinte más de los necesarios para obtener el triunfo. De nada vale que Hillary alcance una mayoría del voto popular, como también ocurría a aquella hora, cuando la candidata demócrata superaba al republicano por 138.000 votos. Esta última ventaja podría ampliarse o revertirse, pero ya nada de eso importaba. Donald Trump es el 45° presidente de los EEUU. Vaya tragedia.

Donald Trump ha propuesto un apartheid y el electorado se lo ha comprado. Por diversas razones, pero lo cierto es que hay un inmenso apoyo a una concepción política voluntarista, misógina, xenófoba, y sobre todo supremacista. El populismo es la coordinación de los resentimientos, la creación de una identidad política que se define en antagonismo radical a sus rivales, como representante de una superioridad moral. De allí su naturaleza totalitaria. Y este es el discurso político ganador.

¿Cómo explicar el triunfo de Trump? Dentro de todo lo que se ha dicho sobre el populismo y sus disparadores hay una hipótesis que me parece que vale la pena explorar.

La hipótesis del “Manejo Estratégico de la Amígdala”

Esta hipótesis se enfoca en cómo el populismo, en la práctica, sería una estrategia de creación de una identidad política común, basada en una narrativa de alta pugnacidad, excluyente, orientada a la exacerbación de prejuicios, estereotipos y resentimientos, para capitalizar políticamente los temores y rebaños resultantes. Específicamente, la hipótesis del manejo estratégico de la amígdala discurre de la siguiente manera:

  • Supongamos que se identifican algunas amenazas muy temidas en un momento político determinado, tales como depauperación económica, crimen o terrorismo.
  • Ahora imagine que hay unos estrategas políticos especializados en creación de una narrativa o relato político populista. Estos estrategas conocen la investigación en neurociencia que muestra que cuando nos enfrentamos a una amenaza, un cuerpo de neuronas localizado en el cerebro, la amígdala cerebral, emite una alarma en forma de una cascada que reduce nuestra capacidad para tomar decisiones complejas, para evaluar múltiples perspectivas y nuestra memoria se torna poco confiable, de manera que nos cuesta recordar cosas que nos calman. Frente al miedo disparado por una amenaza, la luz de emergencia de la amígdala repetidamente indica: peligro, reacciona-protege-ataca y “quedamos atrapados en la perspectiva que nos hace sentir más seguros: yo estoy en lo correcto y tú estás equivocado”.[1]
  • Estos asesores políticos conocen también otras investigaciones recientes que señalan que el cerebro humano está especialmente predispuesto a la fijación de estereotipos negativos y que esto explica por qué surgen y se diseminan tan fácilmente los prejuicios raciales, étnicos o culturales.[2]
  • Ahora imagine que estos asesores políticos identifican a unos enemigos específicos como responsables de estas amenazas, e.g. la élite corrupta, los inmigrantes latinos o los musulmanes, e introducen unas ideas muy simples sobre el bien y el mal, el grupo versus los enemigos, los honrados versus los corruptos, mediante las cuales se robustecen unos estereotipos negativos, es decir, se etiqueta a todo el que calza con los rasgos del grupo responsable como parte de los antagonistas de la tribu “Nosotros” (los buenos, los trabajadores, los honestos, los herederos naturales esta tierra, etc.).
  • Finalmente se elabora un acabado discurso basado en el insulto al enemigo político, en el lenguaje de la guerra, en una épica de salvación llevado a cabo por un agente externo, no contaminado por la dinámica histórica del sistema, cuyo principal objetivo es exacerbar el conflicto para alimentar miedos y temores muy básicos asociados a la supervivencia, y así ir amalgamando una identidad que se expresa en la figura del líder y que representa a todos los excluidos.
  • Este líder aglutinador de los resentimientos por ahora se llama Donald Trump y su elección como presidente de los EEUU sería la prueba del éxito de una estrategia política basada en la activación deliberada y colectiva de la amígdala cerebral, en un marco de prejuicios y estereotipos negativos fuertemente arraigados.

Según esta hipótesis, la estrategia populista se habría “paquetizado” y eso explicaría el porqué del éxito de populistas a ambos lados del espectro político: unos como Trump y Le Pen, a la derecha, y otros como Chávez, Morales e Iglesias, a la izquierda.

Uno de los mayores riesgos del populismo es que los electores decidan poner una alta proporción del poder en manos de una facción política (lo que se traduciría en menor independencia entre los poderes y el consecuente deterioro de mecanismos de chequeos mutuos y contrapesos institucionales), como una manera de blindar a los líderes políticos del lobby y de la influencia de las “élites corruptas”. Esta es entonces la gran prueba de fuego de un sistema político tras la elección de un populista: ¿cuánto se podrán mantener los equilibrios de poderes? [3]

En la elección estadounidense de noviembre de 2016 se le entregaron las mayorías de diputados (representantes) y senadores al partido Republicano y el nuevo presidente postulará al miembro de la Corte Suprema que reemplazará al recién fallecido Juez Antonin Scalia (y eventualmente a otro más). A partir de este momento entonces se verá cuál es el grado real de independencia del partido Republicano con respecto a Trump y cuánto este partido podría contribuir a la erosión de los contrapesos institucionales.

Amanecerá y veremos.


Notas:

[1]. Hamilton, D.M., (2015), “Calming Your Brain During Conflict” Harvard Business Review, Dic. 2015

[2]. Spiers, H., et al, (2016), “Anterior Temporal Lobe Tracks the Formation of Prejudice”, Journal of Cognitive Neuroscience, Octubre 2016.

[3]. Acemoglu, D., J. A. Robinson y R. Torvic, (2013), “Why Do Voters Dismantle Checks and Balances?“, Review of Economic Studies (2013) 80, 845–875

 

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