Teoría de la conspiración

Foto: Michael Kooiman

Eran las seis y diecinueve minutos de la mañana cuando comencé a tener conciencia del nuevo día. Esta vez no me volví hacia la mesa de noche ni activé la tableta para leer las noticias mientras terminaba de despertarme, no me dispuse a conocer los eventos políticos y económicos que llamarían mi atención, las referencias culturales que seguro me atraparían, las ráfagas de realidad por las que suelo transitar cuando paso de la textura borrosa del sueño a la frenética nitidez de la vigilia. Esta vez no fue así. Esta vez salté como expulsado de la cama por un sueño pavoroso, por una persecución de la cual no podía escapar debido a la escasa respuesta de mis piernas, o por el espasmo de una caída abrupta que me hacía recordar muy temprano el concepto del vacío.

Estaba seguro de que huía de un sueño con ella. Debía ser la Isa o la Tata la que me echaba de su casa mientras yo buscaba la escalera con la ropa a medio poner, terminando de calzarme los botines con los que campearía la humedad y los restos de nieve batida con tierra que me esperaban en los próximos trescientos metros. Lo que más me dolió fue que había lanzado desde la ventana, y hacia el fango lujurioso de la calle, a la pequeña caja con la férula dental que requiere mi dormir para no partirme las muelas. Ninguna consideración por la minusvalía de quien depende de una férula que es casi como una prótesis, como una muleta, como un ojo de vidrio que hay que buscar entre sábanas arrugadas y almohadas sudadas y colocárselo de nuevo en su sitio y parpadear varias veces hasta que alcanza su mejor posición infeliz, su calce correcto con la carne mutilada.

“Llévate tu inmadurez lejos de aquí, so carbón”, gritaba la Dona mientras me exorcizaba de su vida, “que nunca escuchas a nadie con tu monólogo de niebla, que sólo quiero que me escuches y siempre tienes que salir con tus teorizaciones, con tus hipótesis conspirativas y tus sugerencias de paralítico psicológico… ¡la chancla de tu madre!…”, seguía vociferando la Isa cuando yo dejaba atrás el sueño y me abalanzaba hacia el baño para soplarme el agua en la cara y terminar de huir de aquella presencia recurrente y maldita.

Seis minutos después, me equilibraba sobre una caminadora marca Horisson, de sofisticada ingeniería alemana, diseñada para que abandonemos la idea de caminar al aire libre, de serpentear más senderos, de disfrutar de la atención que requieren el camino irregular, los baches, las piedras inestables, las enredaderas y los riachuelos. Toda una gama de maquinarias y herramientas pensadas para la estupidización de la vida, para justificar el cambio climático y evitar la constatación de las desigualdades que hacen que yo tenga al lado un seguro y ordenado bosque para mis caminatas mañaneras, mientras los muchos solo tienen el concreto descascarado y el penacho oscuro que se eleva desde los autobuses.

Por la impúdica fortuna que me acompaña, pese a las persecuciones, pese a la fragua del mundo para hacer mi vida miserable o atroz (es cuestión de puntos de vista, de si es de día o de noche, por ejemplo), pese a la intención degenerativa de todo cuanto me rodea, siempre encuentro un libro que me salva y me devuelve al universo feliz de la ficción. (Esto último quizá sea redundante).

El libro que me rescató hoy se llama “La Uruguaya” de Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970), y es de esos que a uno le provoca recomendar aunque apenas estés empezando a leerlos. Es la voz de esos narradores que te transportan desde las primeras líneas, que narran sin aspavientos y que seguro traen algo por lo que valga la pena anunciarlos con el solo presagio de las primeras páginas. Siempre es digno de celebración que después de un sueño arrollador y nefasto, después de regresar a la conciencia de la estafa de los poderes que día tras día conspiran para arruinarte la vida, después de preferir la oxigenación muscular más insulsa y rastrera por sobre el nutritivo desayuno informativo con el delicioso café humeante, justo en este día que empezó tan miserable con la sórdida certeza de que el escape es tan solo circunstancial, justo en ese punto, llega la buena literatura y te salva un día más. Un día a la vez, repítelo, un día a la vez.


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