Todos somos mexicanos

Foto: Egoten


Para mis cuates, Adriana, Alfonso y Rafael

Cuando veo las agresiones de Donald Trump contra México, con ese tono abyecto de quien viste su ignorancia de fanfarronería, de quien usa el poder para humillar y la palabra para azuzar jaurías, siento que se agrede a mi historia, a mi familia y a toda una simbología que me es muy afín.

Mi relación con México, como quizá le ocurre a muchos latinoamericanos, parte de toda la influencia del cine y la música azteca que se derramaron sobre los países de habla hispana durante varias décadas del siglo XX. Las canciones de José Alfredo Jiménez y el humor cinematográfico de Cantinflas, Resortes o Tin Tan fueron parte del paisaje insondable de mi niñez. Con toda la influencia cultural de la música y el cine mexicanos, drenaron vocablos, modismos y caídas idiomáticas hacia el habla de los demás países de la América hispana.

Luego, con la adolescencia, me llegó la literatura. En mi caso, mis grandes cariños literarios mexicanos han sido Juan José Arreola, Octavio Paz, Alfonso Reyes, José Emilio Pacheco, Gabriel Zaid, Paco Ignacio Taibo II, y más recientemente, Élmer Mendoza. He disfrutado algunas páginas de Jorge Volpi, y mantengo como deuda acercarme a Elena Poniatowska, a Juan Villoro y a Guadalupe Nettel.

Pero hay dos cosas que han sido clave para nutrirme de mexicanidad, para llegar a querer a ese país de cultura profunda y gentilicio orgulloso con algo más que mi propia conciencia: mis amigos y la comida. Mis amigos mexicanos son sólo tres, pero son mis grandes amigos. Compartimos las alegrías, las angustias y las travesuras propias de ser estudiantes en un país extraño para todos. Compartimos exquisitas y abundantes tertulias intelectuales, pero lo que encuentro más valioso, después de la propia amistad, es que me acercaron a su cocina.

Los mexicanos, estoy seguro, son de los terrícolas más fieles a su cocina tradicional. Yo vi como viajaban con maletas llenas de siete variedades de chiles, de harina de maíz precocida, de huitlacoche, achiote y mole poblano, sin importarles las penurias que en las aduanas podían invocar los funcionarios de inmigración europeos, esos que creen que todos los latinoamericanos llevamos cocaína en latas, en frascos de perfume o en mortales bolsitas en el estómago. Ni la más aterradora ferocidad aduanal hacía mella en su determinación de comer como si estuvieran en México.

Gracias a esa herencia, en mi casa se cena con influencia mexicana dos o tres noches por semana. Ellos me enseñaron a preparar los frijoles refritos, el guacamole y la salsa de tomate con chile jalapeño. Por ellos, me hice adicto a un ají picante llamado Chipotle y me encanta la salsa de tomate verde. Gracias a su influencia perniciosa, todas las semanas de mi vida sueño con conseguir harina de maíz mexicana o con volver a comer unos auténticos tacos al pastor. Gracias a la sazón que guardo celosamente en mi memoria, me he convertido en un experto en frustrarme con los restaurantes que, fuera de México, prometen irresponsablemente “comida mexicana”, como si una tortilla mexicana pudiera prepararse con harina de maíz colombiana.

Hoy me ha dado por recordar todo esto, por reivindicar la amistad de mis cuates mexicanos, porque a la presidencia de los Estados Unidos ha llegado un tipo que se presenta como un bocón, como un fanfarrón que atropella y denigra, acostumbrado a humillar a los más débiles, personaje que ahora tiene el control del mayor arsenal de país alguno sobre la tierra, y quien ha cazado una pelea con México y con los mexicanos.

Si este personaje ha logrado que yo, que soy alérgico a los nacionalismos, que no profeso fe en héroes ni en símbolos patrios, que me siento ciudadano del mundo, quiera gritar frente a su arremetida que yo también soy mexicano, entonces creo que algo bueno saldrá de esta amarga e incierta coyuntura.

¡Viva México, Cabrones!


 

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