Un cuento político. ¡Sólo para chilenos!

Foto: Jesús Dehesa


La poesía predijo los agujeros negros

Autor: Pavel Gómez

El día había despertado como teñido de gris. Una bruma impedía apreciar el verde del cerro San Cristóbal. Exactamente a la una y trece minutos de la tarde, Anastasia cruzó el umbral de la vieja casona en Pedro de Valdivia norte. Abrió la segunda puerta y pudo ver que aquel día la recepcionista no era Laura. Un rostro desconocido para ella se ubicaba detrás del viejo escritorio de caoba que oficializaba la entrada.

-Buenas tardes…

-Hola. Mi nombre es Anastasia Belollio y vengo a visitar a mi tía-abuela Udilia Larraín Silva Kast.

-Sí señorita, ya le aviso a la enfermera -dijo la recepcionista, confirmando su prejuicio de que las frases “buenos días” o “buenas tardes” no formaban parte del vocabulario de la gente del barrio alto.

Como si un tenue gesto le hubiese comunicado el pensamiento de la muchacha, Anastasia comprendió que, con apenas dos semanas en el país, ya había relegado los códigos universales de amabilidad que había adquirido en sus trece años en los Estados Unidos. ¡Cómo pesa la cultura!, se dijo a sí misma, mientras se cambiaba de dedo el anillo para no olvidar la cortesía en la despedida.

-Puede pasar, señorita, doña Udi la espera en el comedor del tercer piso.

-Gracias -respondió Anastasia y exageró una sonrisa a manera de disculpa.

Cuando transitaba la desembocadura de la escalera en el comedor, Anastasia divisó a la tía Udi sentada en el extremo derecho del salón. La expresión facial de la tía denotaba una mezcla de rabia y dolor. Anastasia sentía que la humanidad de su tía había sido arrinconada por la fe ciega en su concepción de la vida, que sus razones y virtudes habían sido opacadas por el impulso de defender, con cierta violencia, el dogma y la necesidad de imponer sus prejuicios a un mundo que se desvanecía. “Las razones de mi tía naufragan en su dogmatismo; ¡cuán parecida es la manera de juzgar de mi tía a la de los dogmáticos comunistas que detestaba desde su juventud!”, pensaba Anastasia mientras anteponía el cariño por la persona al desagrado por el rictus rabioso.

-Hola tía Udi  –dijo mientras se acercaba a besarla y acariciarle la cabeza- ¿Cómo has estado? ¡Mira!, te traje la milhojas de lúcuma que tanto te gusta -y se sentó a su lado.

-Anastasia, ¡qué guapa!, te han sentado bien las primeras brisas del otoño –respondió doña Udi, cerrando el iPad en el que día a día leía El Mercurio, el Wall Street Journal, algunos libros y los comentarios en twitter de su círculo de amistades.

-Gracias tía. Quería verte una vez más, antes de mi regreso. ¡Es increíble cómo pasa el tiempo cuando estamos de vacaciones! Además, quedé pendiente de continuar aquella conversación que dejamos inconclusa.

-Ay sí, hija. Tú sabes que me gusta el intercambio de ideas para mantenerme atenta de nuestra batalla moral, sobretodo en estos tiempos de decadencia y populismo. Somos atacados por todos lados, pero la fortaleza de nuestras verdades es inquebrantable. Mira los ataques infundados contra Jovino y Pablo. ¿Es que acaso no se puede recibir financiamiento y tener aliados económicos en un proyecto tan noble como este? También es una batalla valórica. Imagínate que quieren que los homosexuales se casen y que las mujeres aborten. ¡Están en riesgo el partido, la familia y nuestros principios!

-A ver, tía, hoy quiero hablarte con transparencia. Mañana me voy, así que quiero que me abras un espacio para contarte de mi perspectiva de la vida y espero que me escuches y me entiendas, aunque no compartas mis puntos de vista. Sé que una parte de ti está abierta a escuchar ideas distintas. Tú conoces cuánto me he dedicado a estudiar y bastante te he contado sobre cómo han evolucionado mis intereses. ¿Recuerdas que mi primera salida de estudios fue a Chicago, cuando mi sueño era estudiar economía con Friedman y Becker? Después me tropecé con un profesor llamado Richard Posner y comencé a mezclar economía y derecho.

-Sí, –la interrumpió la tía Udi- recuerdo que en ese tiempo te recomendé que siguieras a ese portento defensor de nuestros valores que era el juez Antonin Scalia; quien por cierto se nos fue hace unos días.

-Sí, tía, eso fue justo en la época en que me preparaba para irme a Harvard. ¡Quién iba a decir, en aquel entonces, que mi formación daría semejante salto! En Boston comencé a acercarme a las humanidades y mi visión liberal fue cambiando. Justo después de aquella conversación contigo, comencé a indagar más sobre Scalia, y me enteré de su estrecha amistad con otra juez de la Corte Suprema, llamada  Ruth Bader Ginsburg. ¿Sabías que las familias de Scalia y Bader eran tan cercanas, que compartieron todas las cenas de año nuevo durante los últimos años? Y lo más interesante es que mientras Scalia era un campeón del conservadurismo más extremo, Bader es una acérrima liberal, que ha liderado los argumentos a favor del derecho de las mujeres a decidir sobre el aborto y del matrimonio entre parejas del mismo sexo. Aquella fraternidad entre personas con ideas contrapuestas, que empecé a observar a menudo, contribuyó también a cambiar mi perspectiva cuando llegué a Boston.

Durante un breve lapso, Anastasia y la tía Udi interrumpieron la conversación para ordenar dos cafés, tras lo cual Anastasia pidió a la tía que estirara su paciencia para escucharla, y permitirle desahogarse y expresarle aquello que ya sentía impostergable.

-Como te venía diciendo, tía querida, en aquella época se juntaron varios factores que propiciaron un cambio, o más bien una evolución, en mis convicciones. Un primer detonante fue que me hice muy amiga de Emma, una profesora del departamento de literatura inglesa de Harvard, que está casada con Olivia, y la ley les permitió adoptar a un chico maravilloso llamado Rob. Conocer de cerca a esa familia me hizo cambiar los juicios que había llevado conmigo desde Chile. Hoy me digo a mí misma que sin la posibilidad de casarse y adoptar, quizá Emma, Olivia y Rob no tendrían toda la felicidad que he conocido.  Más o menos en aquella época, un profesor de literatura universal me preguntó en una clase sobre Pedro Lemebel, por quien se había interesado a partir de la visita del chileno a Harvard, en el año 2004. En aquella oportunidad, Lemebel hizo una presentación sobre crónica urbana, en la escuela de literatura de Harvard, mientras bebía whisky de una petaca y hablaba sobre la difícil vida de un homosexual pobre en Chile; la cual había impactado favorablemente al profesor. A mí me dio tanta vergüenza conocer tan poco a Lemebel… que decidí dedicar muchas horas a estudiar su obra y su vida. Aquel estudio fue otro elemento que impulsó mi evolución hacia un liberalismo más abierto.

“No soy un marica disfrazado de poeta / No necesito disfraz / Aquí está mi cara / Hablo por mi diferencia / Defiendo lo que soy / Y no soy tan raro / Me apesta la injusticia / (…) Usted no sabe / Qué es cargar con esta lepra / La gente guarda las distancias / La gente comprende y dice: / Es marica pero escribe bien / Es marica pero es buen amigo / Súper-buena-onda / Yo no soy buena onda / Yo acepto al mundo / Sin pedirle esa buena onda / Pero igual se ríen / Tengo cicatrices de risas en la espalda…”

Esto es sólo una parte del maravilloso y terrible manifiesto de Lemebel, denominado “Hablo por mi diferencia”. Tía, con todo el respeto, pero hoy día vibro más con Lemebel que con el pobre Jaime Guzmán

Anastasia hizo una pausa y notó el gesto de la tía Udi, quien se disponía a recriminar la falta de lugar de lo que observaba como una comparación inaceptable, como una ofensa a la imagen incólume de la virtud cegada. Pero el gesto afable de Anastasia la frenó. Y comprendió que la chica se había desnudado, que no había intención ofensiva, que la sobrina estaba hablando de sus propias complicaciones existenciales.

-Porque, sabes qué, tía, -continuó diciendo Anastasia- estas son las cosas que tú y la gente que piensa como tú debe comenzar a ver. Y te lo digo, no como una pretensión ingenua de actitud tolerante, sino como mi deseo de la propia supervivencia política de tus ideas. Porque creo que muchas de tus ideas tienen un rol deseable como opinión política, como llamada de atención, aunque hoy día me aterrorice que se impongan desde el gobierno (lo mismo que por cierto me ocurre con las ideas de los comunistas y los apóstoles del antimercado). Porque, tía, para mantener cierta presencia política ustedes deben abrirse. ¿Tú sabes lo que indican las encuestas recientes sobre estos temas valóricos? En los Estados Unidos las tendencias de la opinión pública son elocuentes (y en Chile, según Cadem, siguen un patrón similar). Según los resultados del Pew Research Center, de mediados del 2015, 55% de los estadounidenses estaban a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo, frente a 39% en contra. Y esta cifra subía a 70% entre los jóvenes llamados Milennials. Algo similar ocurría con el aborto: la aceptación aumentaba en los más jóvenes, pero también entre los más educados. Entre quienes tenían solo educación media, o menos, la aceptación del aborto alcanzaba sólo un 46%, versus 47% de rechazo. Pero entre las personas con formación igual o superior al bachillerato, la aceptación del aborto alcanzaba un 64%, versus un 30% de rechazo. Y esta aceptación ha aumentado sistemáticamente en los últimos quince años. Y lo que me aterra, tía Udi, es que los insultos morales de quienes piensan como tú, pueden anclarlos en una sordera que cercenará su presencia política, y quizá le confirme a muchos que ustedes son tan dañinos como los dogmáticos comunistas… pero en fin, tía Udi, esto quizá es solo una reflexión mía, un monólogo, un gesto de honestidad con la superación de mi propia historia.

Cuando Anastasia bajaba las escaleras, la imagen que se llevaba era la de los insultos de la tía Udi contra todos a su alrededor. Ella sabía que aquello no era algo personal, sino más bien el sufrimiento de quienes se hunden en las arenas movedizas del dogma y las puertas cerradas. La tía estaba tan arraigada en sus creencias, en sus referencias morales y en sus fantasmas, que solo veía agresiones mientras agredía.

Tres cosas salvaron la tarde de Anastasia: que le deseó unas creíbles “buenas tardes” a la recepcionista, al despedirse; que se dijo a sí misma, sin prurito, lo que se debía desde hacía mucho tiempo; y que al final la tía Udi pudo sonreír mientras se enjugaba las lágrimas y agitaba la mano desde la alta ventana del asilo.

El día había aclarado un poco y el verdor del San Cristóbal ahora se regalaba más nítido.


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2 Comments on "Un cuento político. ¡Sólo para chilenos!"

  1. Me gusto! Esta forma tan humana de poner temas políticamente profundos . Felicitaciones !

  2. Pavel,

    Muy buen escrito.

    Todos de alguna forma tenemos una Tia Udi y una Anastasia luchando dentro de nosotros.

    Te mando un abrazo.

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