Un sueño simulado (Cuento)

Foto: Gem

Yo de lejos parezco tranquilo, pero soy rumbero. Es mi realidad, la manera de ser que me he construido durante años de trabajos forzados. Esos trabajos que nos hacemos a nosotros mismos y con los cuales forjamos nuestra propia personalidad. Esto es algo que, en su momento, me llamó la atención y quise hurgar en las mismas fuentes de esta condición. Así fue como me acerqué a Marcia, la siquiatra que visito dos veces por semana y que me ha ayudado a comprender y aceptar mi manera de ser.

Marcia habla de dos influencias determinantes: el piano y Amelia. El piano porque de chico este instrumento era el centro de las fiestas familiares. En la familia materna era el piano de Franz Liszt. En la familia paterna era el piano de Eddie Palmieri. Marcia dice que allí hay un gatillador. Yo al principio no le creía, pero he tenido epifanías reveladoras que me han hecho creerle. La segunda influencia en la personalidad que me he construido, dice Marcia, fue Amelia.

Esta última fue la chica de mis sueños a mis quince años: culta, divertida, segura de sí misma, atlética y con una conciencia política impresionante para su edad. Era mi novia perfecta. Pero nunca aceptó mis propuestas ni se dejó impresionar por mis poemas. La última vez que hablamos, Amelia me dijo, como explicando el porqué de su desazón para conmigo: “El problema es que tú de lejos pareces rumbero, pero eres tranquilo”. Marcia dice que esto me mató. Bueno, que mató las primeras inclinaciones de mi personalidad y me hizo perseguir el antónimo de aquello, que soy ahora.

Pero yo no quería hablarles de Amelia ni de Marcia y mucho menos de Franz Liszt. Lo que quiero contarles es que anoche, de nuevo, me escapé. Resulta que más o menos los miércoles comienza a despertarse el rumbero que se esconde tras mi apariencia de tranquilo, y llegado el viernes la pulsión es irrefrenable. Esto lo saben en mi casa y por eso instalaron la puerta de seguridad cuya llave solo controlan mis hijos y mi esposa. Nada de llaves en las adyacencias de la puerta, ni en la mesita de la entrada. Los jueves, sistemáticamente, la llave es secuestrada y debo pedirla si quiero salir. Pero anoche esta indisposición no logró frenarme.

A las diez y media ya mi esposa dormía, así que preparé la celada y activé el protocolo de escape que había diseñado desde el lunes. Pasé por el living, donde mis hijos disputaban la enésima batalla de sus juegos de video, y me mostré en pijamas y con el vaso de agua de mis noches en la mano. (Ellos saben que cuando llevo el vaso de agua en la mano me dirijo a la cama.) Pero anoche no fue así. Tras cerrar la puerta del living, fui a la cocina y saqué la ropa que había dejado estratégicamente debajo del fregadero. Me vestí, salí a la terraza y silvé tres veces como habíamos convenido. Al minuto, Freddy, el conserje, instalaba la escalera portátil y yo descendía glorioso y motivado.

Veinticinco minutos después ya estaba en el Bar de Lucho. Allí bailé, tomé mucha agua, volví a bailar, conversé en varias mesas con los asiduos y a las tres de la mañana estaba parado en una mesa y, con el brazo extendido arriba, giraba la camisa emulando a un ventilador de techo al revés. A las cuatro, todavía frenético, decidí recogerme como todo el buen padre y marido que soy. Tomé un taxi y regresé a mi hogar con la sonrisa estampada en la cara y sudando más que un ciclista colombiano.

En la mañana, me desperté contento, servicial y cariñoso. Desayuno a la cama de mi esposa e hincha responsable en el juego de fútbol de mi hijo más chico. Hace un rato me reía solo con tanta fruición que todos en mi casa se preguntaban qué me pasaba. “Nada”, respondí después de secarme las lágrimas, “es solo un sueño del cual me acabo de acordar”.


 

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