Una revolución en política ambiental y no es lo que Ud. piensa

Foto: Vern

La historia de la humanidad es también la historia de la devastación de la naturaleza. Hubo lagos con vasta fauna y flora acuáticas que devinieron en depósitos de agua muerta, hedionda, oleaginosa; lagos que primero fueron pescados en exceso y luego convertidos en vertederos, en letrinas, en depósitos baratos de fluidos corrosivos, de escombros y chatarras. Hubo, también, pastizales fecundos que devinieron en desiertos de arena y grava gruesa, después de haber sido pastadas sus raíces con excesos rumiantes. Hubo montañas reducidas con la búsqueda furiosa del oro y del cobre, de la plata y el hierro que sostienen y adornan catedrales del odio y la vergüenza. Hubo también paisajes denigrados con fines nobles, con pequeñas intenciones individuales que involuntariamente convocaron la ruina colectiva. Hubo ríos gloriosos que devinieron en caudales de fangos, que dejaban al margen procesiones de peces descompuestos y una alfombra de vísceras enfermas.

También conciencia ha habido y hubo y hay. La historia de esta conciencia es también la historia de la política ambiental, de la búsqueda de mecanismos y de instituciones para prevenir, detener y revertir la degradación del ambiente. Los primeros intentos de frenar la devastación se expresaron en prohibiciones, multas e impuestos asociados con la fijación de estándares de las emisiones y descargas de residuos, y con limitaciones o cuotas a la extracción de recursos. Sin embargo, debido a los altos costos de vigilancia y monitoreo y a las posibilidades de sobornos y corrupción de los funcionarios encargados de la vigilancia, por una parte, y a la ausencia de motivaciones para la innovación por parte de las empresas e individuos regulados, por la otra, este enfoque conocido como “comando y control” pronto demostró un alto grado de ineficacia para proteger los recursos de uso común, tales como lagos, ríos, mares y bosques comunales.

La realidad de este fracaso regulatorio fue abordada por académicos y expertos y así, a principios de la década de 1960, Ronald Coase, profesor de la Escuela de Economía de Londres y de la Universidad de Chicago, lanzó la idea de que en la base de los problemas de contaminación está el hecho de (1) que no estén asignados derechos de propiedad sobre los bienes contaminados, por ejemplo, el aire, los ríos o los mares; y (2) que la transacción o negociación entre quien contamina y quien sufre los costos de esta  sea sumamente costosa o difícil. Estas dos sencillas ideas se convirtieron en un nuevo paradigma de la regulación y la política ambiental: si creamos instituciones que asignen derechos de propiedad de los bienes, y si estas instituciones también reducen los costos de llegar a acuerdos vinculantes, entonces muchos problemas pueden ser resueltos. En la jerga de los economistas, las externalidades negativas (e.g., la polución) puede ser internalizada cuando quien contamina puede compensar a los “propietarios” del bien contaminado. De esta manera se reducen los incentivos para contaminar (porque se eleva el costo directo de hacerlo) y quien sufre las consecuencias sería satisfactoriamente compensado.

Gracias a la trascendencia de esta idea, que fue bautizada como “el teorema de Coase”, Ronald Coase obtuvo el premio Nobel de Economía en 1991, y gran parte de la regulación ambiental global se orientó a usar mecanismos de mercado para lograr objetivos ambientales. Si, por ejemplo, un lago tiene dueño, y existe fluidez jurídica, procesal y administrativa para que este dueño logre proteger su propiedad, entonces casi todo el problema podría ser resuelto.

En términos prácticos este enfoque regulatorio ha funcionado, o al menos ha funcionado mejor que la anterior filosofía de “comando y control”. Sin embargo, para muchas personas esta solución estaba aún lejos de lo socialmente deseable: esta filosofía implicaría que se ve a la naturaleza como una cosa, como un objeto inerte y, en el peor de los casos, como una mercancía.

Pero en marzo de 2017, en Nueva Zelanda, ocurrió una revolución que quizá socavará de una vez y para siempre las bases del paradigma regulatorio más efectivo que habíamos conocido.

En Nueva Zelanda hay una tribu de raíces maoríes, la tribu de Whanganui de la Isla del Norte, que debe su nombre al Río Whanganui, y que lleva 140 años diciendo que este río es su ancestro, que ellos descienden de “él” y que esto debe ser legalmente reconocido. Durante estos 140 años, hasta marzo de 2017, esto resultaba difícil de aceptar bajo nuestro paradigma “racional-occidental”.

Después de 140 años de controversia y negociación, el Río Whanganui ha sido reconocido por el Estado de Nueva Zelanda como un ser vivo, y como tal se le han otorgado los mismos derechos legales que tiene un ser humano.

Como ha dicho esta semana Gerrard Albert, el actual líder negociador representante de la tribu Whanganui: “Nosotros hemos luchado para conseguir una aproximación legal para que todos puedan entender que, desde nuestra perspectiva, lo correcto es tratar al Río Whanganui como un ser viviente, como un todo indivisible, en lugar del modelo tradicional vigente durante los últimos 100 años que lo trataba desde la perspectiva de la propiedad y la gerencia”.

Este nuevo estatus del Río Whanganui implica que si alguien abusa de éste, lo daña o lo contamina, entonces la ley no supone ninguna diferenciación entre afectar a la tribu y afectar al río, porque ambos representan exactamente lo mismo.

Para representar al Río Whanganui, con todos los derechos de una persona legal, se designaron dos abogados encargados de proteger sus derechos, uno representando a la tribu y el otro representando al gobierno neozelandés.

Nueva Zelanda ha sido un país pionero en cambios institucionales revolucionarios pero efectivos, alineados con la frontera del conocimiento académico, ajustados con base en la evidencia internacional, en estudios estadísticos y en el reconocimiento del rol de los incentivos económicos en la conducta humana. Por ello, cabe suponer que esta no es una decisión improvisada ni una morisqueta ideológica.

Así como hay terror y desprecio por el conocimiento experto, en medio de esta ola populista que estremece al planeta, también hay eventos interesantes que traen a nuestro escepticismo cierta luz amable y cordial. Como para animar una mañana de un viernes cualquiera.


 

Facebook Comments
Comparte y/o like esta entrada:

Be the first to comment on "Una revolución en política ambiental y no es lo que Ud. piensa"

Leave a comment

Your email address will not be published.


*


A %d blogueros les gusta esto: