¿Por qué la mentira triunfa en la política?

Foto: Distant Reality

El sábado 22 de abril de 2017 se realizó una curiosa protesta en un conjunto de ciudades del planeta. Los activistas de esta ocasión marcharon en nombre (o en defensa) de la Ciencia. “La ciencia nos muestra la realidad”, “la ciencia mejora las decisiones”, decían algunas de las pancartas que se agitaron aquel día frente al Museo de Ciencias de Londres, donde se congregaron miles de manifestantes para marchar hacia la británica Plaza del Parlamento. Congregaciones similares se observaron en otras ciudades. Algunos medios reportaron un total de 600 marchas, defendiendo a la ciencia en ciudades de varios continentes.

A primera vista esto pudiera parecer inaudito. ¿Por qué molestarse en gritar que el conocimiento científico debe respetarse? ¿Acaso alguien duda hoy en día del valor de la ciencia? Quizá sea útil dar la vuelta a estas cuestiones y preguntarnos por qué algunos charlatanes son tan exitosos electoralmente, por qué son tan populares algunas ideas descabelladas. Entonces el problema se revela con mayor nitidez. Dejemos jugar a las ideas.

El paradigma de la convergencia hacia la verdad

En todas las sociedades han abundado preguntas relevantes sobre la fuente o el origen de los problemas. Desde las primeras preguntas generales sobre cómo enfrentar las enfermedades, por ejemplo, hasta preguntas más concretas sobre la relación entre bacterias e infecciones y sobre cómo derrotar a las bacterias. Así, siguiendo con estos ejemplos, la ciencia permitió descubrir los antibióticos primero formulando las preguntas precisas y luego aplicando, de manera sistemática, el método científico de la proposición de hipótesis, la experimentación y evaluación de la evidencia, y el rechazo (o destrucción) de las hipótesis derrotadas por el peso de la evidencia empírica y los resultados de los experimentos.  Aunque en la comunidad científica global abundan las controversias sobre el poder explicativo y predictivo de muchas de hipótesis, también se han alcanzado algunos consensos clave. Un ejemplo reciente de un consenso de este tipo es el reciente respaldo transversal de la hipótesis de que la actividad humana está ejerciendo un impacto negativo significativo en el cambio climático.

Una manera hermosa de describir el proceso científico de aproximación a la verdad fue la que formalizo un filósofo y ministro presbiteriano inglés del siglo dieciocho llamado Thomas Bayes, quien es considerado como uno de los padres de la estadística moderna. Bayes, estudió lógica y teología en la Universidad de Edimburgo en los alrededores del año de 1720, y en sus trabajos posteriores postuló lo que se conoce como el Teorema de Bayes. En este, Bayes describe cómo nuestras creencias subjetivas iniciales (llamadas creencias ex-ante) sobre la ocurrencia de un fenómeno son ajustadas, tomando en cuenta la evidencia relevante disponible, para entonces producir una nueva creencia, más refinada, llamada la creencia posterior o ex-post.

Veamos un ejemplo para aterrizar esta idea. Imagínese que usted piensa inicialmente que la actividad humana tiene un bajo efecto sobre el cambio climático (para usted, por ejemplo, la probabilidad de que el hombre esté incidiendo en el cambio climático es igual a 20%). Esta sería su creencia subjetiva inicial. Ahora imagine que, como en efecto ocurrió, la Academia Nacional de Ciencias de su país publica un reporte que muestra evidencia empírica de que efectivamente la actividad humana está provocando un cambio climático relevante. Entonces, al incorporar esta nueva pieza de información, usted ajusta su probabilidad inicial y esta pasa a ser de 95%. Esta última es lo que Bayes llama su creencia posterior, la cual ha sido refinada (o “mejorada”) al tomar en cuenta una evidencia respaldada consensualmente por estudios que usaron metodologías diferentes, y cuyas hipótesis han resistido un masivo bombardeo desde distintos flancos.

Este virtuoso mecanismo de asimilación de la evidencia científica para ajustar nuestras creencias subjetivas ha facilitado avances importantes en el conocimiento de muchos fenómenos y problemas cuya atención nos resulta acuciante. El modelo democrático liberal, con las instituciones y las deliberaciones que lo caracterizan, debería entonces teóricamente facilitar el impacto de los hechos, de la evidencia empírica y, en general, del conocimiento científico sobre la elección de políticas públicas realizada por los electores. La deliberación democrática y la existencia de instituciones regulatorias formadas por expertos independientes, deberían lubricar el engranaje de un proceso iterativo de consideración de la evidencia, revisión de las creencias a la luz de esta y ajustes respectivos en las propuestas de políticas públicas.

Nuestro problema estriba en que este mecanismo no está funcionando. En diferentes países, un número decisivo de electores está votando por propuestas de políticas públicas que abiertamente contradicen la evidencia empírica. Muchos electores votan por políticas de seguridad ciudadana basadas en incrementar las facultades policiales para detener y registrar a las personas, o en una mayor intervención de las comunicaciones y la información privada, aunque hay creciente evidencia de que estas medidas de política son inefectivas frente a la delincuencia o incluso contraproducentes. Muchos electores están votando por políticas basadas en regulaciones de precios, expropiaciones masivas o barreras a libre comercio, aunque existe evidencia consensuada de que estas políticas generan escasez, baja inversión, mayores precios, ineficiencias y reducciones de la productividad.

A finales del 2017, los electores estadounidenses eligieron a Donald Trump como presidente, aunque muchas de sus propuestas de políticas públicas desprecian o contradicen la evidencia avalada por el consenso de la comunidad científica estadounidense e internacional. Su negación del cambio climático, y su correspondiente oposición a apoyar las medidas conjuntas para mitigarlo (el 1° de junio de 2017 Donald Trump ha retirado a los EEUU del Acuerdo Climático de París), o su “teoría” de que la inmigración es causal relevante del crimen y del terrorismo, serían muestras elocuentes de la incapacidad de los electores para tomar decisiones políticas consistentes con la evidencia científica comúnmente respaldada. ¿Cómo podríamos explicar este fenómeno?

La racionalidad de la tribu

La primera explicación que encontramos para el hecho de que los electores tomen, sistemáticamente, decisiones que contradicen o desprecian un consenso científico que se ha hecho público y es notorio comunicacionalmente, se basa en la educación. Electores poco educados, que poseen información muy limitada, serían incapaces de comprender las conclusiones consensuales de los científicos. Pero cada vez hay más evidencia de que esta explicación es falaz. Veamos.

Dan Kahan es un profesor de la Escuela de Derecho de la Universidad Yale (Yale Law School) que dirige un proyecto conocido como el “Proyecto del entendimiento cultural” (Cultural Cognition Project). Kahan y sus colegas llevan más de diez años estudiando este fenómeno y han escrito una serie de artículos académicos en los que indagan sobre cómo explicarlo. En un artículo del año 2011, titulado “The Tragedy of the Risk-Perception Commons: Culture Conflict, Rationality Conflict, and Climate Change“, Kahan y su equipo estudiaron esta hipótesis en los EEUU y encontraron que la educación no es una explicación significativa de este tipo de conducta de los electores. Es más, estos investigadores encontraron que la mayoría de los sujetos encuestados que tenían un nivel relativamente alto de comprensión científica y numérica mostraron una menor inclinación a ver el cambio climático como una amenaza seria. En otro estudio, Kahan y su equipo encuentran que cuando se controla por inclinaciones valóricas y culturales, la variable educación deja de ser significativa para explicar casos semejantes a los comentados acá.

Una explicación alternativa, en la que convergen distintas investigaciones recientes (Graham, Haidt y Nosek, 2009; Carter, 2013; Kahan, Jenkins-Smith y Braman, 2010), apunta a que las decisiones políticas que ocurren en ambientes polarizados son guiadas más bien por valores morales, culturales y por elementos como el deseo de proteger la pertenencia a un grupo, equipo o tribu. Como señala Dan Kahan en un artículo titulado “Ideology, motivated reasoning, and cognitive reflection” (2013):

“Cuando los riesgos que enfrentamos como sociedad son impregnados con significados sociales antagónicos, es individualmente racional que miembros ordinarios del público traten la información de una manera que los conecte confiablemente con las posiciones que predominan en los grupos que definen su propia identidad”.

En estos tiempos observamos una ola de polarización en temas clave: Cambio climático, inmigración, terrorismo, aborto, libre comercio o matrimonio entre personas del mismo sexo. ¿Qué observamos en gran parte de las discusiones públicas sobre estos temas? Desde noticias fabricadas (fake news), “hechos alternativos” y negaciones explícitas de la realidad, hasta casos en los que seleccionamos las piezas de información que mejor se ajustan a las creencias que aglutinan a nuestra tribu. Porque, en el fondo, lo que ocurre es que detrás de la discusión sobre una política específica en realidad lo que hay es una discusión moral, entre grupos que se han atrincherado en diferentes facciones, cada una de las cuales adhiere a un conjunto diferenciado de valores compartidos. (Piense en que esto ocurre alrededor de temas controversiales de política tales como la protección de la sindicalización, las regulaciones ambientales sectoriales, el financiamiento de la educación superior o la salud, la integración comercial, el libre tránsito de personas o la fijación de precios máximos). A menudo, los argumentos ceden el paso a las descalificaciones y a acusaciones mutuas de que los portadores de las ideas contrarias a las nuestras son personalmente inmorales, hipócritas, egoístas, vividores, farsantes o deshonestos.

Los valores sagrados que aglutinan a la tribus modernas

En algunos casos, estas trincheras se pueden clasificar usando la típica escala ideológica de izquierda-derecha, pero lo que argumentan estos autores es que la clasificación moral va más allá de estas categorías. La escuela del entendimiento cultural propone dos ejes para la clasificación cultural. El primero sería el eje jerarquico-igualitario. Hacia el lado jerárquico se inclinan las personas que resaltan elementos como el respeto a la autoridad, el desprecio por las “desviaciones” sociales, y la creencia de que las oportunidades, los derechos y los deberes deberían ser asignados por características como la tradición, el género, la raza, la riqueza, la edad, etc. Hacia el lado igualitario se inclinan quienes prefieren que las oportunidades se asignen con criterios de equidad no influenciados por características físicas o sociales y piensan que el Estado debe intervenir para proteger o garantizar la igualdad.

El segundo eje es llamado indivualista-comunitarianista. Las personas que se inclinan hacia el individualismo piensan que el éxito social depende casi exclusivamente del esfuerzo individual, y que la intervención del Estado genera más distorsiones que beneficios sociales y suele estar motivada por el deseo de algunos de apropiarse de lo producido por otros (buscadores de renta). Quienes se inclinan hacia el comunitarianismo piensan que los intereses de los individuos deben estar subordinados a los intereses del colectivo, y que un ente de representación colectiva es el responsable de garantizar el florecimiento individual y proteger a los débiles o menos favorecidos.

Una hipótesis plausible es que la polarización política empuja a los individuos hacia dos tribus. Una Jeráquica-Individualista y otra Igualitaria-Comunitarianista.  Y entre estas dos tribus la discusión relevante no es sobre datos, evidencia o consenso científico alguno. La diatriba clave es una guerra moral en la que el contrario es descalificado como interlocutor y acusado de deshonesto, oportunista o infiel. La gente cree en noticias fabricadas o niega ciertas evidencias no por irracional, poco educada o deshonesta. Lo hace porque se siente en una trinchera, sitiada por el enemigo y debe proteger su propia identidad y prestigio, así como robustecer la moral de su grupo.

¿Qué podemos hacer en medio de esta guerra?

La primera respuesta, frente al razonamiento que filtra la información para proteger la propia identidad cultural, ha sido poner el énfasis comunicacional en la difusión de la verdad, de los datos empíricos y en general de la evidencia. El periodismo de investigación, las plataformas de comprobación de hechos (fact-checking) y los llamados a la presentación aséptica de datos estadísticos son algunas de las expresiones de esta respuesta. El problema con esta estrategia de respuesta es que, en el escenario de la guerra moral dibujado arriba, esto sería una condición necesaria pero no suficiente para propiciar que las elecciones políticas se alineen con la evidencia y sobre todo con los consensos científicos o expertos. Hemos visto que cuando se trata de proteger nuestra identidad y los valores que nos cohesionan con nuestra tribu, el objetivo no es argumentar con la verdad sino fortalecer nuestra tribu frente al asedio de unos enemigos ante los cuales nos sentimos como moralmente superiores.

Kahan y Braman (2003) (More statistics, less persuasion: A cultural theory of gun-risk perceptions) proponen que la estrategia anterior debe complementarse con el abordaje directo de la discusión valórica, como una manera de develar los verdaderos elementos en juego. De acuerdo a esta óptica, se trataría de clarificar las visiones del mundo que compiten, sus premisas, los valores defendidos por cada facción, y hablar francamente de estos de una manera pertinente y al mismo tiempo tolerante y respetuosa. Esta, por supuesto, no es una tarea fácil, pero es una que abre algunas rendijas para el entendimiento común, para acercarse a propuestas de política que balanceen los valores culturales de cada facción, grupo político o tribu.

Los investigadores de la escuela del entendimiento cultural citan, como ejemplos exitosos de esta segunda estrategia, a casos como las negociaciones entre arqueólogos y tribus indígenas estadounidenses, y los acuerdos logrados en los años ochenta en Francia y Alemania entre defensores y oponentes de los derechos de las mujeres a abortar.

En un artículo del año 2015 titulado “From Gulf to Bridge: When Do Moral Arguments Facilitate Political Influence?“, Matthew Feinberg, de la Universidad de Toronto, y Robb Willer, de Stanford University, se propusieron realizar una serie de experimentos para evaluar el poder persuasivo de plantear argumentos controversiales de una manera que se ajustara al sentido de moralidad de una audiencia que inicialmente era antagonista de tales argumentos. A esto lo llamaron “replanteamiento (o re-enmarque) moral” (moral reframing).

Por ejemplo, si se tratara de defender el matrimonio homosexual frente a individuos conservadores, Feinberg y Willer evaluaron la eficacia relativa de re-enmarcar el discurso para expresar que “las parejas del mismo sexo son patriotas y ciudadanos orgullosos de nuestra nación, quienes contribuyen no sólo con la economía sino también con la estabilidad de sus propias familias”. Después de la realización de seis estudios, Feinberg y Willer encontraron que los mensajes morales que fueron enmarcados de una manera consistente con los valores morales del emisor del mensaje (con los valores de quienes ya apoyaban la correspondiente posición política), resultaron menos persuasivos que los argumentos morales re-enmarcados para reflejar los valores de una audiencia-objetivo que inicialmente se oponía a la posición política defendida por el emisor del argumento. Quizá sea interesante ensayar esta estrategia en nuestras cotidianas diatribas políticas.


 

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