“Todos deberíamos ser feministas”

Chimamanda Ngozi Adichie. Foto: Howard County Library System

“Cuando yo era estudiante de primaria en Snukka, una ciudad universitaria al sudeste de Nigeria, mi profesora nos dijo al empezar el trimestre que nos iba a poner un examen y que el que sacara la nota más alta sería el monitor de la clase. (…) Si eras el monitor de la clase, todos los días apuntabas los nombres de quienes alborotaban, lo cual implicaba de por sí un poder embriagador, pero es que además mi profesora te daba una vara para que la llevaras en la mano mientras recorrías el aula y patrullabas la clase en busca de alborotadores. Por supuesto, no se te permitía usar la vara. Para una niña de nueve años como yo, sin embargo, era una perspectiva emocionante. Yo tenía muchas ganas de ser monitora de la clase. Y saqué la nota más alta del examen.

“Y entonces, para mi sorpresa, mi profesora dijo que el monitor tenía que ser un chico. Se le había pasado por alto aclararlo antes; había dado por sentado que era obvio. La segunda mejor nota del examen la había sacado un niño. Y el monitor sería él.

“Lo más interesante del caso era que aquel niño era una criatura dulce y amable que no tenía interés alguno en patrullar la clase con un palo. Yo, en cambio, me moría de ganas.

“Pero yo era mujer y él era hombre, o sea que el monitor de la clase fue él.

“Nunca he olvidado aquel incidente.

Si hacemos algo una y otra vez, acaba siendo normal. Si vemos la misma cosa una y otra vez, acaba siendo normal. (…) Si solo vemos a hombres presidiendo empresas, empezará a parecernos “natural” que solo haya hombres presidentes de empresas.”

Chimamanda Ngozi Adichie. De su libro “Todos deberíamos ser feministas”:

 

 

Hace un tiempo escribí un artículo sobre la discriminación, en el cual planteaba mi visión de la discriminación, de cualquier discriminación, sea basada en el género, en la orientación sexual, en el color de la piel, en el origen étnico o en la fe religiosa:

Yo prefiero ver a la discriminación, no desde el lente del resentimiento del marginado o denigrado, lo cual termina siendo una suerte de autoflagelación en respuesta a una agresión, sino más bien desde la comprensión de que las conductas discriminatorias son tan resilientes y ubicuas porque cumplen una función política: deprimir el poder de negociación de eventuales competidores, usando los prejuicios y los estereotipos como base de una estrategia de denigración con fines anticompetitivos o de distribución amañada del poder político.

La función política de la discriminación consiste en la creación de mecanismos que protejan a unos grupos de la competencia por los salarios y, eventualmente, de la competencia por el poder político de una sociedad. Bajo este punto de vista, la discriminación sería entonces una estrategia anticompetitiva similar a la introducción de barreras arancelarias o de barreras de entrada en los mercados.

Entre todas las formas de discriminación, el machismo es la más deleznable. Levantar barreras anticompetitivas contra las mujeres, obstruirlas políticamente reduciendo su poder de negociación,  u obligarlas a renunciar a su femineidad para acceder a posiciones de poder, son formas de castración social. Yo tengo unos amigos que decidieron sacar a su hija de un famoso colegio de Santiago de Chile, regentado por los Legionarios de Cristo, porque se dieron cuenta de que la educación tecnológica que les ofrecían a las niñas era diferente que la entregada a los niños. Mientras a los niños se les enseñaba sobre el uso de la computación y  la informática, a las niñas les enseñaban cosas como “la manera de ordenar una mesa para la cena” o “principios básicos de corte y costura”.

Todos deberíamos leer este libro de Chimamanda Ngozi Adichie. Todos deberíamos buscar que nuestros hijos lo lean. Todos deberíamos ser feministas.

Cuenta esta autora que una conocida suya le preguntó una vez si le preocupaba el hecho de intimidar a los hombres, dada su postura feminista y su formación (la autora es escritora, profesora universitaria y miembro de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras). Su respuesta fue la siguiente: “A mí no preocupaba en absoluto. De hecho, ni siquiera se me habría ocurrido que me preocupara, porque un hombre a quien yo intimide es exactamente la clase de hombre que no me interesa.”


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